Se llama Christopher Bailey, es presidente de Burberry y 100% «british»

11 de julio de 2012

Christopher Bailey portada

Tras su aspecto de estudiante aplicado se esconde un cerebro 2.0 que ha conseguido convertir la clásica Burberry en la firma más futurista del momento.

Si por casualidad tienes el privilegio de asistir a un desfile de Burberry en la Semana de la Moda de Londres, te encontrarás, en la puerta, con una muchedumbre de estilistas, editoras de moda y celebrities corriendo sobre tacones de vértigo hacia las puertas del Albert Memorial.

Nadie quiere llegar tarde y el responsable de tanta devoción es un chico de Yorkshire, despeinado, que ya ha cumplido los 40 pero ha sido bendecido con un aspecto de colegial eterno: Christopher Bailey. Él ha sido el responsable de un nuevo orden en el mundo de la moda: uno en el que los críticos y árbitros del viejo mundo se han quedado en la retaguardia, para que Bailey y Burberry sean capaces de hablar directamente, y con comodidad, con sus potenciales clientes. Lo ha conseguido abrazando sin complejos las nuevas tecnologías. Ya que, por muy importantes que nos creamos en el engreído «establishment» de la moda, todos sabemos que, en realidad, la cosa no va con nosotros, los que nos sentamos en la primera fila, sino con los 80 millones de personas que Burberry contabilizó en marzo entre los espectadores on line de su desfile. Es la democracia de la moda en acción en la era de Internet.

Y esta visión se ha hecho realidad gracias a Christopher Bailey. Pero, ¿quién es él? Lo mejor que he oído sobre el presidente ejecutivo creativo de Burberry se lo escuché a un amigo de infancia en Halifax (Yorkshire), que recordaba que «fue un cachorro de los Scouts con todas las condecoraciones». Y es que en el entusiasmo vital con el que ha emprendido la transformación de una megacorporación como Burberry hay mucho de ese impulso de la niñez.

Front row

Pero volvamos al desfile. A un lado de la pasarela, muchos tuitean sobre los jóvenes famosos asistentes: chicas guapas con piernas a lo Bambi y chicos actores o músicos que nunca soy capaz de identificar, excepto algunos (unos pocos), que son modelos de Burberry, como la actriz Emma Watson. En el «front row», como representante de la alta posición de la firma, suele estar nada menos que Anna Wintour, directora de «Vogue». Y, junto a ella, tal vez el columnista Boris Johnson, Samantha, la mujer de David Cameron… Todo muy lustroso y un pelín impersonal, aunque a menudo me pregunto si eso es precisamente lo que busca Bailey.

Porque, como me contó él mismo, uno de los grandes pilares de su ética es que no soporta el esnobismo de la moda. En aquella ocasión me narró un episodio desgarrador que tuvo lugar cuando estudiaba moda en Londres, a los 18 años. «Mi padre quería comprarle un reloj a mi madre para Navidad, algo elegante». Su padre era carpintero y su madre, escaparatista de Marks & Spencer. Ambos seguían viviendo en Halifax. «Había ahorrado algún dinero y me pidió que fuera a Bond Street. Mi hermana y yo estábamos emocionados». Pero cuando aquel chico escuálido, que parecía más joven, llegó a la tienda, le trataron con desdén. «Fue una experiencia horrible. Después tuve que mentir a mi padre. Odio ese lado espantoso del lujo. Pensé que no tenía por qué ser tan elitista y altanero. Por eso me gusta la idea de la inclusión».

Cuando pido información sobre la firma, mi correo electrónico recibe aluviones de cifras sobre la asombrosa escala de esa inclusión, en la que Bailey lleva trabajando 11 años. En 2001, le contrató la consejera delegada de entonces, la fenomenal empresaria americana Rose Marie Bravo, que jamás (ni siquiera en una cena de etiqueta) se ha dejado ver sin una gabardina de Burberry. En aquel momento, la americana era una «rara avis» en el mundo de la moda londinense, compuesto en su totalidad por hombres apegados a sus catas de vino y sus competiciones deportivas. Ella (y su trench) siempre estaban fuera del país, recorriendo alguna ciudad remota de China. Y así fue como consiguió que los clientes chinos resucitaran la marca.

En 2001, cuando llegó Bailey, los ingresos de Burberry alcanzaban la cifra, ahora relativamente anodina, de 536 millones de euros. Pero 2011 llegaron a los 1.874 millones. Aun con la mayor voluntad del mundo, cuesta relacionar la herencia de un sastre victoriano que cosía gabardinas militares y vestimenta para expediciones de montañismo con la firma de moda en múltiples capas en que se ha convertido Burberry. ¿Cómo lo ha conseguido?

 

 

Sarah Mower
Periodista inglesa de la fuente de Moda

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