Jesús Peñalver: “Estado Mayor de la Cultura”

11 de febrero de 2016

Bayonetas que culturizan



 

La peste roja no pierde tiempo ni escatima esfuerzo alguno por perpetuar la odiosa neolengua guerrerista, incendiaria, de permanente confrontación, perpetrando toda clase de desafueros y pretendiendo hacer valer el discurso castrense en todos los temas y áreas que se le ocurra.

Por si fuera poco la restricción de energía eléctrica en centros comerciales, lo cual generaría disminución en el disfrute de cines y teatros y otras zonas de esparcimiento, el desgobierno irrumpe con la opaca idea de crear una instancia que se encargue del ya tan vapuleado sector cultura, bueno, no hay uno que no lo esté.

En esa loca persistencia que pretende borrar la civilidad para imponer el militarismo, olvidando y sin asumir que el chavismo nunca será un recuerdo provechoso del pasado, pero sí un letrero vigilante del porvenir, la barbarie crea un “estado mayor para la cultura”.

Escribo desde el desasosiego que esto causa, pero con la firme convicción de quien conoce el sector por haber estar dentro y vinculado a él por más de la mitad de lo que llevo de vida.

Disparando poesíaCuando advierto que para más INRI y deterioro de la cultura, al desgobierno no se le ocurre otra cosa que crearle un «estado mayor», siento pena por lo profundo, por lo más abajo y abismal que se le trata al proceloso sector. La cultura como algo ornamental, quizás, prescindible, que puede servir para circos y retretas, para manipular el ingenio creador –que lo hay- y enrumbarlo hacia los intereses más mezquinos de la satrapía roja.

Nada que se llame “estado mayor” puede ser visto como civil, cívico ni civilista. Nada que se relacione tanto con el mundo de uniforme, hoy más verde vergüenza que nunca antes, puede tener armonía o vinculación favorable con el mundo artístico y cultural.

Una cosa que hoy se llame «estado mayor», es muy menor. Y aunque en la alocada instancia que se ha creado veo a gente meritoria que la conforma, artistas y creadores con hoja de vida, ello no implica una óptima gerencia ni garantiza buen desempeño alguno.

Las clases dominantes conocen el poder del arte, aunque finjan ignorarlo, también las trapisondas para incorporar al artista a su entorno. Aprovechan el poder que ostentan, para incorporar a su entorno también a deportistas y a otros que les aplaudan.

Ni los más torvos déspotas ignoran cuánto puede hacer una dádiva, una canonjía para que artistas se acerquen a sus cortes. Les molesta que la disidencia se reproche, porque la barbarie prefiere espejos complacientes, a aquellos de la madrastra que les diga la verdad sobre sus fechorías y fealdades.

Los sátrapas saben que un cargo, privilegio, o sinecura, puede obrar como agua fría sobre el ímpetu idealista de las intenciones buenas. Claro que al artista hay que pagarle; pero cuando se trueca la conciencia y la dignidad por monedas, la vergüenza es propia y ajena. Qué duda cabe, para ser jalabolas hay que ser corrupto o mediocre o en caso extremo, ambas cosas.

Al jalador le gusta la vida fácil, le jala al gobernante para tener acceso a cargos burocráticos o meterle mano a uno que otro guiso con los dineros públicos o llevar a la familia a trabajar en el sector oficial.

La adulación ha existido en toda la historia de la humanidad siempre asociada a lo perverso.

A sueldo
En las cortes de los mandones brillan lúgubres payasos capaces de componer poemas y manejar palabras. Intelectuales o artistas de alquiler, dispuestos a recoger la limosna del déspota de turno.

Se puede ser un gran escritor y un pequeño hombre; un gran escritor y un enano miserable. Se puede ser un revolucionario y tener la pesebrera colmada de pienso para el invierno.

Vergüenza da el servilismo de intelectuales que se venden a la satrapía por un plato de lentejas.

La cultura en «estado mayor». A ese abismo la han llevado la peste roja y su séquito.


Jesús Peñalver foto de jiulio 2015

Jesús Peñalver
es abogado
Columnista de Opinión
penalver15@gmail.com / @jpenalver






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