La enfermedad, el hombre, titula Gabriel Albiac

10 de octubre de 2014

Una caña



 

La enfermedad es la metáfora primera de lo humano: metáfora de un animal abocado a morir y que lo sabe. Ser inmortal, decía el displicente Borges, no es gran cosa; todos los animales lo son, porque ignoran su muerte; todos, menos nosotros. Y en eso puede que esté nuestra dignidad: la del guerrero que afronta combatir a un enemigo por el cual no puede sino ser derrotado. Somos mortales. Luchamos contra la muerte. Es una guerra perdida. Pero vale la pena darla.

Hombre inmortal 5Las cotidianas boberías políticas se han esfumado. A ninguno que no fuera un perfecto imbécil le afectarían ahora las sandeces patrióticas que un don nadie pueda estar profiriendo desde la plaza de San Jaime en Barcelona. Estamos en las cosas serias. Ahora. En las que nos hablan de vida o muerte. Esas en las cuales juega la enfermedad su envite: que es un envite auténtico, un envite ante el cual las máscaras retóricas dan entre risa y asco. El atisbo del ébola pone un relámpago de verdad en nuestras vidas. No, la enfermedad no es algo que sucede en horizontes lejanísimos de esa África que sólo existe en los mapas. No, no somos esos arrogantes vencedores de la naturaleza que tan grato nos resulta exhibir. Somos frágiles cosas entre cosas. Con las cuales imprevistos huracanes juegan como con motas de polvo.

Un pensador del siglo XVII, muy enfermo desde niño y, desde niño, asombrosamente sabio, encerró esa paradoja en una fórmula llamada a ser irrevocable: «El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza. No hace falta que el universo entero se conjure para aplastarlo; un vapor, una gota de agua bastan para darle muerte». Hasta anteayer, entreteníamos nuestra pereza con ridiculeces políticas que hoy se nos hace obsceno hasta nombrar. Después, el absoluto ha amagado con desvelar su rostro: la enfermedad misteriosa, anticipo del supremo misterio que es la muerte. Entonces, todas nuestras solemnidades se hicieron grotescas. Y nuestros arrogantes monumentos se nos desmoronaron como un pobre decorado de teatrillo. Y retornaron las preguntas importantes. Las que condensa un griego en la paradoja que cifra lo que, en griego, se llamó filosofía: «Nada es la muerte para nosotros; cuando estamos, no está ella; cuando ella está, no estamos». Pero esa nada determina cuanto somos.

Hombre inmortalLa enfermedad es el hombre: sus anhelos, sus luchas, sus pequeñas victorias, su final derrota. En torno a ella se juega esa íntima epopeya que es siempre una vida humana. Navío al albur de los secos bandazos de miedos y esperanzas. No hay vida humana que no haya de desplegarse en la tensión desgarradora de esos dos polos. No hay vida humana si a esa tensión entre esperanza y miedo no sabemos sobreponer la fría distancia de la inteligencia. A esta contención de nuestras emociones, que la lucidez exige, llamamos serenidad. Y sólo esta serenidad trueca en fortaleza ética nuestra tragedia: lo humano cabe en el saberse enfermo; y mortal; y en el saber que sólo hay vida en nuestra metódica lucha contra enfermedad y muerte. Que es lucha contra nosotros mismos, contra la tentación de ceder al arrebato emocional de nuestros miedos. También de nuestras esperanzas. «El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza. No hace falta que el universo entero se conjure para aplastarlo; un vapor, una gota de agua bastan para darle muerte. Mas, aun cuando el universo lo aplastara, el hombre seguiría siendo más noble que lo que lo mata, puesto que él sabe que muere y el universo no sabe que mata».


Gabriel Albiac 2



Gabriel Albiac

Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid






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