Cosas que nunca cambian

10 de octubre de 2012

cosasquenocambianportada

Sin pensar precisamente en la Venezuela de Hugo Chávez, cuánta razón tenía Jeane Kirkpatrick. En noviembre de 1979, esta intelectual de las relaciones internacionales -con especial influencia en la diplomacia de la Administración Reagan- publicó en la revista

Jeane Kirkpatrick

«Commentary» su teoría sobre dictaduras y dobles estándares. Argumentó que los totalitarismos de izquierda resultan especialmente contumaces ante cualquier posibilidad de cambio. Y denunció que eran una especie de plaga terriblemente pegajosa a la hora de abandonar sus monopolios de poder.

La que sería embajadora de Estados Unidos ante la ONU durante la última etapa de la Guerra Fría, que tuvo el mérito de decir estas cosas hace tres décadas frente a la ingenuidad enfermiza del presidente Carter, planteaba «la probabilidad mucho mayor de liberalización progresiva y democratización en los gobiernos de Brasil, Argentina y Chile que en el gobierno de Cuba; en Taiwán que en la República Popular de China; en Corea del Sur que en Corea del Norte…».

Ahora, los nuevos totalitarismos inamovibles convocan y ganan elecciones ayudados por sobredosis de populismo. Pero sin dejar en ningún caso de justificar lo injustificable y producir disidentes, exiliados, listas negras y vergonzosos abusos de derechos fundamentales.

En Iberoamérica, esa marca mucho más reciclada que revolucionaria de «socialismo cubano» ha logrado extenderse desde la grotesca dinastía castrista hacia Nicaragua, Ecuador, Venezuela y salpicar incluso a países del cono sur.

Guardar las formas electorales ya no es suficiente ni para una democracia de «low-cost» y mínima calidad. Venezuela es ahora mismo el mejor ejemplo.

Pedro Rodríguez
analista español
Columnista del Diario ABC de España

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