Gabriel Albiac y las Mitologías olímpicas

10 de septiembre de 2013

COI Portada

 
 
Gana el que mejor corrompe: es la regla sobre la cual se fundan todos los Estados paralelos. Uno les hace una oferta que no puedan rechazar. O bien, uno se abstiene. Otra actitud, la que sea, acabará necesariamente mal para el interlocutor. Los Estados paralelos no se rigen por normas de derecho y garantía. Las eluden, casi siempre.
  Euros y COI

Quien quiera jugar con el COI debe atenerse a esa norma. Un grupo de personajes que nadan en una opulencia sin más origen que el de decidir el gran momento cuatrienal de las mitología deportivas no permite hacerse dudas sobre sus honestidades. No es el único organismo internacional de tal textura. Tan sólo el más popular por su vertiente al espectáculo que mejor divierte a la población del planeta: el espectáculo deportivo ha dado en ser la última religión universal del mundo contemporáneo. Yo, personalmente, prefiero Trento. Pero yo soy un raro.
 
Lo que me niego a ser es del todo tonto. Y a entusiasmarme o escandalizarme por una decisión que sé previsible para la hipotética mente que pudiera contabilizar los movimientos de las oscuras cuentas personales de esa gente que decide acerca de escándalos y entusiasmos.
 Coubertin
Lo que me niego es a ignorar quién era aquel Coubertin que maquinó este invento, gracias al cual una selecta élite de prohombres deportivos vive sin jamás dar un palo al agua: aquel señor que, en el albor del siglo XX, pontificaba cómo «la teoría de la igualdad para todas las razas humanas conduce a una línea contraria a todo progreso…, y la raza superior tiene toda la razón al negar a la raza inferior ciertos privilegios de la vida civilizada». Porque, nadie se engañe, Coubertin, además de padre del olimpismo, fue uno de los más ilustres ideólogos de aquel racismo que puso los pilares de la tragedia europea del siglo que empezaba: «Hay dos razas distintas: la de mirada franca, músculo fuerte, marcha firme, y la de los enfermizos, de aspecto resignado y humilde y aire derrotado. Así es en los colegios, así en el mundo: los débiles son desechados, el beneficio de esta educación sólo alcanza a los fuertes». Que Hitler lo propusiera para el Premio Nobel de la Paz, no fue sino contrapartida equilibrada por la inspiración de él recibida.
 
Olimpiadas y FraudeUno puede encerrarse en el claustro amable de las leyendas y repetir tontadas acerca de la pureza del olimpismo. Del único olimpismo acerca del cual poseemos todos los dosieres médicos es del de la República Democrática Alemana: la mayor acumulación de yonquis, monstruos y cadáveres en la Europa moderna. De yonquis, monstruos y cadáveres de Estado. De medallas de oro, también. Mejor llamar a las cosas por su nombre.
 
La apuesta por organizar el espectáculo tiene a su favor dos datos: económico y mitológico. El primero es discutible: las olimpiadas fueron rentables en algunas ciudades, en otras ruinosas. El segundo, disparar mitologías nacionales, es, como mínimo, preocupante: quede Berlín del 36 como ejemplo.


Gabriel Albiac

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid



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