Gabriel Albiac titula: Viajero inmóvil

9 de septiembre de 2013

Viajero portada


No fue feliz: ¿a qué le viene al viajero evocar ahora vagos endecasílabos de Borges, en voz baja, frente al crepúsculo minucioso del mar de China? Atrincherado en el artificio, tan convencional, de un paréntesis en lo real ya a punto de cerrarse: es la huida indolente de todos los veranos, la resignada certeza también de aquel que sabe -y él sabe que no puede no saberlo- cómo no hay lugar ya en el cual siga siendo verosímil huir de nada.

Bombilla luz«¡Cuán grande el mundo a la luz de una bombilla!», ironizaba Baudelaire. «A los ojos del recuerdo, ¡cuán minúsculo el mundo!». Pero de aquel apacible cinismo del Voyage hace ya más de un siglo y medio. Y el poeta sabría hoy bien que el mundo es microscópico y sabido aun antes de que viaje alguno haya sido iniciado. Que en la pantalla de los ordenadores el mundo es dado ya como recuerdo elaborado al no-viajero -al cual es convención llamar turista-, mucho antes de que haya podido abrir ante él sus ojos. Y que eso significa que no lo verá nunca: ya lo ha visto; sin mirarlo. Eso cree: que lo ha visto. Eso creemos. Nos atrevamos o no a confesarlo. El mundo es hoy wikipedia: calderilla.

Ante los ojos de cualquier muchacho, no hay paisaje que no sea recuerdo, cosa vista; y en esa condición de cosa vista, naturaleza muerta. Cosa vista, a la cual el filtro estéril de la pantalla depuró del milagro -y del alto riesgo- que palpita en aquello a lo cual los griegos llamaban asombro, sorpresa, maravilla, thauma, y en cuya bofetada paradójica viera Aristóteles el origen del pensar: una ansiedad cegadora, ya exigida por el duro aforismo de aquel maestro que, dos generaciones antes de él, había acuñado el sustantivo filósofo: «Quien no espera lo inesperable no lo descubrirá, pues imposible es de buscar cómo es y sin vía cierta».

HeráclitoPero Heráclito, maestro oscuro de Éfeso, había ya entendido la paradoja que, al determinarlo todo, hace de la vida humana y sus solemnidades tan sólo un «juego de niños»: que ese esperar lo que necesariamente no llegará -aquello cuya necesidad es la de no llegar- más que por huella, enigma y sombra, y como por eco de ausencia, es inmaculadamente ajeno a la esperanza. Y a las finalidades. No se llega jamás a parte alguna. Si es que hay viaje. Un hombre griego de hace dos mil quinientos años podía -con qué esfuerzo, eso sí, pero podía- ver, en una eclosión deslumbrante de luz, nacer el mundo desde algo tan primordialmente desconocido que ni aun tenía nombre propio: tan sólo lo sin nombre nos maravilla y hiere; nombrar es ya dar muerte. Y ese quedar atónitos y silenciosos ante un don de belleza tan sin mesura, ante un don tal que ninguno sería lo bastante torpe como para pretender merecerlo, hace -eso piensan los primeros maestros que lo escriben- que pueda haber valido la pena haber nacido. Aunque sea para morir. Y que el lamento oscuro del poeta Teognis ante el destino desolado de aquel que viene al mundo puede ser conjurado. Será un contemporáneo más joven de Aristóteles, de obra ciclópea para nosotros casi en su totalidad perdida, quien se atreva a contraponer tal luz a la negrura taciturna del poeta. Es bello ese combate de Epicuro, del cual el gran Lucrecio hará estandarte, porque en él se nos juega-sepámoslo o no- todo el destino de lo humano: «El sabio ni desea la vida ni rehúye el dejarla; para él, vivir no es un mal, ni juzga serlo la muerte… La meditación y el arte de vivir y de morir bien son una misma cosa. E insensato es quien dice que lo más bello es no haber nacido».

Sol viajero
Recuerda el hombre, frente al tornasol último del mar que duerme ante sus ojos que narcotiza el mismo -el siempre distinto- mar de todos los veranos, cómo no hay eco de lamento en esa acotación de los endecasílabos de Borges que rondaban por su cabeza hace un momento. El bonaerense dice no haber sido feliz. Y que eso no le importa. Y su felicidad está en saberlo. Y en saber que no hay otra dicha impecable que no esté en la definitiva serenidad de ese saber que ser feliz no es más que engaño: necesario, seguramente.

LucrecioTal es la clave mayor -eso elogia el gran Lucrecio- del engranaje anímico que artesana aquel maestro griego de la autarquía en su jardín de Atenas, hace más de dos mil trescientos años: que «la felicidad consiste en el conocimiento del origen de los fenómenos que contemplamos, hasta alcanzar de ellos una sabiduría perfecta». También de los desagradables. Da un sorbo lento a su epicúreo vaso de agua fresca. Hay más felicidad -no puede compararse- en saberse no feliz que en fingir serlo e ignorar ser fingido. «El sabio -concluirá el maestro en Atenas- piensa que es mejor guardar la sensatez y ser desafortunado que tener fortuna con insensatez». Eso lo hace imperturbable: que es, para Epicuro, el nombre humano de lo divino. Y en eso cifra sólo su apuesta de hombre libre: en la ventaja inapreciable de aquel que ha apostado por «liberarse de las ocupaciones cotidianas y de las cosas políticas».

La luz se ha deshojado en una geometría fría de planos violetas, dorados, ocres. Avanzará enseguida, inexorable, al negro. Un amable desdén, en el cual no hay rencor ni tampoco añoranza -porque eso son enfermedades de jóvenes-, envuelve al hombre. Es un indolente desdén de sí, del mundo, de cuanto soñó un día imprescindible, de cuanto sabe hoy no verá nunca en la única manera en que deben ser de verdad vistas las cosas: por vez primera y sin anuncio. Y ese desdén cortés está asentado resignadamente sobre el solar estéril de las viejas leyendas que hablaban de otro mundo, que prometían la claridad de un mundo diferente. Tal vez sea sólo por no olvidar jamás que eso es mentira por lo que emprende, cada verano, el gesto inútil de probarlo. Finge partir en busca de horizontes visualmente ignotos, sucedáneo inofensivo de aquella legendaria espera de hombre y mundo nuevos que fueron sueño y pesadilla de otro tiempo. No los halla. Igual que entonces. Pero, esta vez, sin riesgo. Todo, siempre, es lo mismo. Pero, en el curso del tiempo, algo ha aprendido: a saber que ese saber no hallarlos es lo único que lo libera de ser un perfecto imbécil. No hay otra maravilla más primordial que ésta.

Paseo marítimo
Sobre el paseo marítimo, en las mesas de al lado, idénticos en apariencia a él, exhiben los turistas su contento: todo se les ha ajustado maravillosamente al prodigio que relataba el folleto informativo del viaje contratado; todo se les ha ajustado maravillosamente al álbum de bonitas fotografías que les brindó el i-Pad meses antes de salir de casa. Lo reconocen todo. Qué bien que el mundo esté, a fin de cuentas, tan bien hecho. Qué bien que pueda ser tan previsible. Y que el consuelo del low-cost acabe por salvarnos del silencio en aquella diabólica habitación en penumbra del angélico Blaise Pascal: «He descubierto que toda la desdicha de los hombres proviene de una sola cosa, que es no saber permanecer inmóviles en una habitación», a oscuras y en silencio. Debiera haber pedido un dry-martini. «Revuelto, no agitado». Como todos. Pero es que a él el alcohol le levanta enseguida un muy desagradable dolor tras de los ojos.

El sol es sólo ya un punto candente. Punta de alfiler apenas, que perfora el violeta turbio a punto de naufragar en negro, náufrago en el espejo ónice del mar de China. Cierra los ojos. Se viaja sólo para huir del viaje.



Gabriel Albiac

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid



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