Las guerras perdidas de Irak y Afganistán

9 de agosto de 2013

Guerras perdidas


El balance de la política exterior norteamericana de Barack Obama para Oriente Medio no puede ser más paupérrimo. A la falta de voluntad política y de acciones concretas para resolver el secular y permanente conflicto entre Israel y los palestinos, se le viene a añadir la inexistencia de una estrategia política, de carácter democratizador y estabilizador, para las nuevas democracias (¿?) de la región, entre las que destacan Egipto, Libia y Túnez. Por no hablar de Siria, donde hemos pasado de la estéril condena a la inacción total.
Guerra 35
Amén de esos constatados fracasos, los escasos avances conseguidos en la lucha contra el terrorismo, cada vez más activo en toda la región y con capacidad incluso de golpear en los epicentros del poder, hacen presagiar el seguro naufragio de las nunca concluidas transiciones de Irak y Afganistán. Irak comienza a ser el mejor ejemplo de lo que es un Estado fallido, es decir, un país que no controla su territorio, su autoridad legítima está erosionada y que no goza de unas instituciones políticas sólidas y estables. La corrupción mina su administración y el terrorismo no cesa.

Saddam
Cuando han pasado diez años desde la ocupación de Irak por los Estados Unidos, los resultados que se pueden presentar son bastante pobres, tal como todo el mundo reconoce, y no se ha logrado afianzar una verdadera administración democrática, quizá porque como señala el analista político Wiliam Pfaff que obligar a alguien por la fuerza a ser democrático es «una idea intelectualmente insostenible así como políticamente imposible de alcanzar».

Aparte de estas consideraciones, que no son un secreto para nadie y menos para la mayor parte de los servicios secretos occidentales, Irak nunca volverá a tener la integridad territorial que tenía antes de la ocupación norteamericana. Los grupos kurdos del norte del país crearon una autonomía mucho antes de la llegada de las tropas de los Estados Unidos, gozan de una gran capacidad de autogobierno, tiene su propio parlamento e instituciones y, desde luego, no están dispuestos a renunciar a lo alcanzado en estos años tras haber sufrido la brutal represión del régimen anterior. Incluso su situación económica, debido a la industria petrolera, la agricultura y cierta estabilidad de la que no gozan otras partes de Irak, es mucho mejor que la del resto del país. Ni las amenazas iraníes, ni las turcas, ni siquiera las del gobierno de Bagdad, que ha tratado de retomar de alguna forma el control de esos territorios, han hecho mella en su voluntad de conservar su autonomía y, llegado el caso, incluso proclamar su independencia.

EL CASO DE AFGANISTÁN

Guerra 34
No mucho mejor están en las cosas en Afganistán. La exitosa ocupación norteamericana, invocando el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas tras los ataques de Osama Bin Laden contra las Torres Gemelas, tuvo las fatales consecuencias que tuvieron otros intentos de invasión y colonización de este país por tropas extranjeras.

La experiencia rusa (soviética) en este sentido fue nefasta, ya que en los diez años largos (1979-1989) en que la extinta Unión de República Socialistas Soviéticas (URSS) intentó controlar este abrupto territorio se saldó con un sonoro fracaso, una humillante retirada y un coste en vidas humanas de más de 12.000 militares muertos (9.500 en combate) y más de 50.000 heridos. El número total de muertos en ese conflicto, según algunas fuentes, pudo llegar al millón de personas -civiles y militares- y más de tres millones de refugiados.

Rusos en Afghanistan
Como en todas las guerras de guerrillas o guerras asimétricas, ésta era una guerra sin frentes definidos ni grandes batallas, sino que los soldados soviéticos estaban siempre a la defensiva y esperando a sus enemigos en sus bases militares y puestos operativos. El fracaso de los soviéticos en Afganistán era uno más a añadir a la larga lista de naufragios militares de las grandes potencias cuando trataron de invadir este país, siendo el más conocido el aniquilamiento de las tropas del general Elphinstone, quien en su errónea retirada de Afganistán hacia la India perdió a los 16.000 hombres que comandaba, en su mayor parte linchados, torturados y descuartizados por los afganos. Tan solo sobrevivió uno, el médico del general, que más tarde reseñaría y describiría la que probablemente fue la mayor derrota británica de la historia.

PAÍS DE GUERREROS INDÓMITOS E INVENCIBLES

Afghanos
Nadie consiguió a lo largo de la historia reciente de Afganistán -si exceptuamos en tiempos pasados a Alejandro Magno y a las hordas mongolas de Ghengis Khan- derrotar a los afganos. Las escasas victorias de los británicos, como la de 1919, se saldaron con numerosas bajas en vidas humanas y con el posterior abandono de los territorios ocupados a duras penas. Fue una victoria táctica, pero una derrota estratégica.

Guerra 36
Ahora la misión multinacional desplegada en Afganistán, ISAF, que componen 50 países y cuenta con más de 100.000 hombres, está haciendo lo mismo que hicieron antes los británicos y los soviéticos: resistir en sus cuarteles los ataques de un enemigo invisible e imprevisible que baja desde las montañas para golpearles o colocar bombas indiscriminadas en las ciudades. Parece que emplear la fuerza militar solamente no es el mejor camino para derrotarles a los talibanes.

Ya hay suficientes evidencias y pruebas que revelan y demuestran que los Estados Unidos han dialogado con los talibanes con el fin de reducir las víctimas sobre el terreno y preparar el camino para una retirada de la que nadie quiere hablar. Los franceses ya se fueron en su momento, en el año 2012, y las más de 3300 bajas de las fuerzas de la ISAF podrían animar a otros países  a hacer lo mismo.

Las elecciones previstas para el 2014, en las que los talibanes ya han amenazado con boicotearlas y hacer lo posible para que no se celebren, podría ser el punto de inflexión y el comienzo de una verdadera ofensiva militar con el fin de volver al poder de este grupo, tal como seguramente lo harán una vez que se retiren las fuerzas de la OTAN y las de otros países que componen.

Mohammad Najibulá


La historia, desgraciadamente, siempre se repite: en el 1992, una vez que se habían ido los soviéticos y el régimen de Mohammad Najibulá resistía a duras penas, los talibanes se hicieron con el poder y el castillo de naipes construido sobre endebles bases en Kabul se caía irremediablemente. Unos años más tarde, en 1996, los talibanes asaltaban la sede de las Naciones Unidas en Kabul y apresaban al ex presidente Najibulá y lo colgaban, junto con su hermano, en un céntrico semáforo de la capital afgana. Espero que el final de esta pesadilla, al menos para el presidente actual, Hamid Karzai, no sea el mismo. El tiempo nos dará la respuesta.

Ricardo Angoso 2

Ricardo Angoso
Periodista español
rangoso@iniciativaradical.org 

 

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