¿Existe Snowden?

9 de julio de 2013

Snowden existe


¿Existe Snowden?, se pregunta el hombre por cuyo iPad habrán ido pasando, en el letargo de domingo y julio, titulares de prensa que lo abruman. El iPad le responde que sin duda: Snowden se repite en cada página. Desde que Le Carré conjuró a Smiley y Karla, no recuerda a un espía tan escénico. O, lo que es lo mismo, tan poco espía: si espía es sinónimo de silencio y anonimato y sombra sobre sombra. ¿Existe Snowden? ¿O es Snowden sólo la máscara que oculta que no hay máscaras, que habitamos un mundo transparente y que en la transparencia todo es frágil? Parece una historia de Le Carré. Y eso es, con precisión, lo que no encaja. Los espías que venían del frío se licuaron junto al hielo del Este.

Torbellino hombreEl lector, ante su pantalla, evoca aquel Berlín de los años setenta, donde entendió qué es una dictadura: un mapa anímico de cada ciudadano. En sus dos paralelas variedades, la innovación del siglo en lo político fue el alzado de una ciudad de vidrio, de una ciudad donde todo es visible. Metáfora de viejos despotismos fue la tiniebla de oscuras mazmorras. Pero en lo oscuro hay siempre recovecos donde hacerse invisible: lo privado. Allí, las silenciosas galerías de la vida tejen sus clandestinos rechazos del omnipresente Estado. Ser libre es, en rigor, vivir al margen. Los totalitarismos ponen luz. Y ese foco cenital abole toda raya que marque lo privado. Cada segundo en la vida de un hombre quedaba registrado y archivado. El modelo no llegó a ser perfecto. Los ficheros crecieron demasiado. A la manera del mapa del mundo de los locos geógrafos de Borges, que soñaron su plano a escala 1/1. Desfallecieron por su propio peso.

La informática hoy lo trastrueca todo. Y lo imposible se convierte en norma. Funcional, espontánea, sencillísima. No hay ya que espiar a nadie. Cada uno ha desdoblado su existencia en calco exacto de sí sobre las redes telemáticas: los Smiley o los Karla son ociosos. La red es un inmenso escaparate. Y es cada ciudadano del planeta quien hace virtual –y, pues, visible– cada detalle de su vida privada. No nos espían ya; nos exhibimos. No hace falta policía política; todo está ya en la red, todo en las redes. Proliferantes facebooks repercuten cada gesto minúsculo de todos; cada billete on-line deja la huella de nuestro divagar despreocupado; cada paso que damos con el móvil –en marcha o apagado– en el bolsillo dibuja un milimétrico plano de nuestros intereses y de nuestros encuentros; las tarjetas, sin las cuales vivir se volvió imposible, cuentan nuestros deseos y las rutas a través de las cuales los fuimos acechando… Y, así, la exhibición de lo privado da sobre un imprudente placer de siervos.

No sirven para nada hoy los espías. Basta un ordenador lo bastante potente, un algoritmo lo bastante exacto. Que lean y gestionen lo que exhibe a su arbitrio cada uno de nosotros. Nada que no pueda poner en marcha cualquier poder con medios adecuados…

Ve pasar en su pantalla las páginas. ¿Existe algo, se dice, tras la palabra Snowden?


Gabriel Albiac


Gabriel Albiac

Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid

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