Gabriel Albiac: Sensatez de Trump

8 de abril de 2019

Trump y los Ats del Golán




Nadie debiera aventurarse nunca a dar un juicio estratégico sobre un terreno que no haya pisado. O que no haya estudiado bien sobre los mapas. En ausencia de eso, el analista se dejará llevar por sus buenas intenciones. Y cometerá el error del cual Clausewitz aconsejaba cuidarse a quienes deciden de destino y vida para sus conciudadanos. Las buenas intenciones, enseñaba el autor de Acerca de la guerra, conducen a las peores matanzas.

La decisión de Donald Trump sobre los Altos del Golán constata algo que todos saben. Todos, al menos, los que empleen unos minutos en localizar el terreno y en repasar su historia. «Al cabo de 52 años», decía Trump la semana pasada, «es hora de que los Estados Unidos reconozcan la plena soberanía de Israel sobre la meseta del Golán, que tiene una importancia estratégica para el Estado de Israel y para la estabilidad regional».

Un enunciado es verdadero o falso, sea quien sea el que lo pronuncie. Trump se ha ganado, por muchos conceptos -estéticos, ante todo-, una imagen antipática fuera de los Estados Unidos. Pero la tesis es irrefutable. Lo que cualquier viajero en Israel constata, lo que a cualquier lector de mapas de la zona se le impone es, en términos militares, muy sencillo.

Israel Altos del Golán
A) Los altos del Golán sobrevuelan y dominan el tercio Norte del territorio israelí. Desde su plataforma, las estratégicas Haifa y Acre quedan a 96 kilómetros: blanco limpio para los misiles. Al pie de esa escarpadura, la llanura de Hula, principal centro agrícola de Israel, pasaría a ser, en rigor, indefendible. No es algo nuevo: hasta su ocupación en 1967, el Golán fue la base de los más impunes ataques contra la población israelí venidos desde Siria.

B) La posición hegemónica de Irán en esa zona hace hoy insostenible la asunción de cualquier riesgo. Israel no se confronta ya, en esa frontera, con las no demasiado competentes fuerzas armadas sirias. La línea está ahora ocupada por tropas y misiles de Hizbolá: o sea, de los «Guardianes de la Revolución» iraníes. Y, por más que la administración Obama se empeñara en ser ciega, nadie cree seriamente que el régimen teocrático de Teherán haya renunciado al armamento nuclear para su ejército.

Desde su creación por la ONU en 1947, y más aún desde la guerra de independencia de 1948, Israel ha tenido que hacer frente a una situación única en el planeta: la de un país al cual sus enemigos niegan cualquier derecho a la existencia. Han sido ya cuatro guerras las que esa rareza que es la de un Estado democrático en el Cercano Oriente ha tenido que librar: no por fronteras precisas, sino por el derecho mismo a la existencia. Porque, si un día Israel fuera derrotado, sus vecinos han reiterado bien claro su programa: arrojar a los ciudadanos israelíes al mar. A diferencia de cualquier otro horizonte mundial, para Israel, perder una guerra es ser aniquilado.

No hay defensa verosímil de Israel sin el Golán. Y hoy Israel es la última frontera frente a la barbarie. Defender a Israel es defendernos.

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Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid



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