Gabriel Albiac nos recuerda que la guerra sigue

7 de octubre de 2013

Bin Laden muerte



El 2 de mayo de 2012, un comando de los Navy SEAL abatía a Osama bin Laden en Abbottabad. Habían sido necesarios once años de agotadora –y costosísima– búsqueda, desde aquel 11 de septiembre en el cual Al Qaida asesinara, en Nueva York, a tres mil civiles. Un gobierno demócrata había sucedido a uno republicano. El asalto final fue supervisado en directo, desde la Casa Blanca, por el presidente Obama. Como lo hubiera sido por Bush en su caso. O por cualquier otro responsable del Ejecutivo. Sin distinción de partido.
 

Anas Al Liby

Anas Al Liby

Anteayer, un comando de los Navy SEAL capturó en Trípoli a Anas Al Liby. Caudillo de Al Qaida, Al Liby era buscado, desde 1998, como autor de la doble acción que, ante las legaciones norteamericanas en Kenia y Tanzania, produjo 224 muertos y cerca de 5.000 heridos.

En su práctica totalidad, civiles locales. Quince años habían pasado. Hubiera sido igual si hubieran pasado treinta. 

Sólo hay un modo de disuadir a un enemigo sanguinario: hacerle saber que el coste que pagará por cualquier acción será el más alto. Y que nada lo salvará de eso. Por más tiempo que pase. Por más gastos que su captura genere. Alan Dershowitz dio concepto, poco después de aquel gozne del 11 de septiembre, a las insoslayables determinaciones de la guerra de religión declarada por el yihadismo al mundo no islámico: «El tratamiento general del terrorismo apocalíptico debe ser implacable». Lo fue. En los Estados Unidos.

En los Estados Unidos. Por eso, allí, es verosímil poner freno a esa ofensiva milenarista que sacude al Islam en todo el mundo. Allí. Aquí, en Europa, sucede exactamente lo contrario. 

El mismo Dershowitz ha analizado, fría y desoladamente, cuáles fueron las condiciones que llevaron a la expansión islamista y al 11S. Y a lo que vino luego y cuyo final nadie puede soñar cercano. La cesión de Europa ante los atentados masivos de la OLP en los años setenta creó una certeza, que la capitulación ante los asesinos de los Juegos Olímpicos del 72 confirmó duramente: el asesinato en masa es rentable.  

Arafat y Adolfo Suarez

Adolfo Suarez hace carantoñas a Arafat

Cuando Alemania acabó por liberar a los terroristas palestinos de sus cárceles, cuando todos los países europeos aceptaron reconocer diplomáticamente a los asesinos e implantar en sus capitales «legaciones» oficiales de la gente de Arafat, los términos de la apuesta quedaron claros: matar vale la pena, siempre que lo hagas con la eficacia suficiente para aterrar a un gobierno. O a todos los gobiernos. En Europa. Sin esa estratégica certeza, cosas como el 11 de marzo madrileño jamás hubieran ocurrido.

USA CONTRA ISLAM FANATICO
Doce años después del 11S, los Estados Unidos siguen solos en la lucha contra la ofensiva mundial más difícil que hayamos conocido. Más difícil, porque se trata de una guerra santa, una yihad, para cuyos combatientes la vida es irrelevante: la de los infieles, porque merecen morir; la de los yihadistas, porque la muerte los volcará de cabeza en un paraíso rebosante de señoras estupendas.

Europa ha perdido ya esa guerra. La perdió treinta años antes de que comenzara.

 


Gabriel Albiac

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid



Síguenos:
facebooktwitterrssyoutube


Otros artículos de interés