Gabriel Albiac: Hong Kong en el crepúsculo

6 de octubre de 2019

Hong Kong foto reciente





Era marzo de 1949. Y hacía ya seis años que Mao Zedong (en la ortografía de entonces, Mao-Tsé-Tung) se había elevado al vértice del PC chino. Era el séptimo de sus secretarios generales; todos sus antecesores habían muerto. Y Mao afrontaba, ante el VIIº Congreso, un horizonte de victoria. El Kuomintang de Chian Kai-shek se había desmoronado: la corrupción política y la incompetencia militar lo llevaron a ser abandonado incluso por sus aliados de los años treinta. La toma definitiva del poder iba a retrasarse aún, sin embargo, siete meses. Culminaría aquel 1 de octubre en que -hizo anteayer exactamente setenta años- la República Popular de China fue proclamada. Y Mao se alzó con un poder personal que ni aun los más grandes emperadores habían soñado. Pero ya en la alocución de marzo del 49 ante la sesión plenaria del VIIº Congreso, están todas las claves del destino que aguarda a la milenaria China. El destino despiadado de quien se sabe poseedor de las claves inexorables del futuro.

Mao Tse-tung 2
Y Mao expone su programa. Nadie podrá decir que ocultó nada ni que fue ambiguo. Compasivo, no lo había sido nunca. «Después de eliminados los enemigos con fusiles», sentencia, «quedarán aún los enemigos sin fusiles, quienes entablarán, inevitablemente, una lucha a muerte contra nosotros; jamás debemos subestimarlos. Si ahora no planteamos ni comprendemos el problema de este modo, cometeremos errores muy graves». Ahora. Es decir, setenta años después. Porque, en China, ahora es siempre. Y a los enemigos sin fusiles se les persigue a balazos: un enemigo desarmado es el más perverso de los enemigos. Y el más imperdonable. Y si ese enemigo alza el símbolo de una ciudad tan asombrosamente próspera y libre como lo es Hong Kong, entonces cualquier piedad se hace suicida.

Hong Kong Vista
Hong Kong es la muestra viva de lo que China hubiera podido ser: un pueblo libre, culto, asombrosamente industrioso; una ciudad que mezcla las callejas de la China más recóndita con la arquitectura más vanguardista; una cosmópolis en la que nadie se sentía extranjero. Pero Hong Kong fue abandonada, hace ya mucho, por potencias occidentales demasiado absortas en sus negocios con Pekín. Su condena a muerte está fechada: 2048. Aunque a los dirigentes pequineses les aburre la idea de esperar tanto tiempo. Los años dorados de la isla de los portentosos rascacielos tocan a su fin. Y todos lo saben. Y la rabia de sus ciudadanos se estrella contra lo inexorable: después de los «enemigos con fusiles», toca ahora exterminar a los «enemigos desarmados». No ha hecho más que empezar esa tarea. Xi Jinping, el más poderoso de los secretarios generales desde Mao Zedong, ha iniciado una marcha que no será tan larga como la que, entre 1934 y 1935, asentó el modelo inalterable de la China contemporánea.

Xi Jinping y Mao
¿Qué ha cambiado entre el Mao de entonces y el Xi de ahora? Un infinito, si a los datos económicos, tecnológicos y militares nos atenemos: China es hoy la segunda potencia mundial, a un paso apenas de la primera. Nada, absolutamente nada, si nos atenemos a la concepción política. Ningún proceso electoral ha venido a alterar la omnipotencia del Partido Comunista en estos setenta años, cualquier disidencia ha sido masacrada sin el menor miramiento. ¿Es China hoy un capitalismo de Estado? Sin duda. Pero eso lo fue siempre. Con Mao como con Deng Xiaoping. Con Xi ahora. No habrá piedad para Hong Kong. Europa y los Estados Unidos dependen demasiado de la economía china para poner objeciones. Hong Kong muere.

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Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid




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