Torpeza social peligro que nos espera cuando volvamos a salir

6 de septiembre de 2020

Habilidades sociales texto




Mientras el año escolar comienza en medio de una pandemia mundial, mucha gente está preocupada por el impacto negativo que el aprendizaje virtual o con distanciamiento social podría tener en el desarrollo de las habilidades sociales de los niños.

Sin embargo, ¿qué pasa con los adultos? Parece que los adultos privados de un contacto variado y constante con sus pares pueden volverse tan torpes en las interacciones sociales como los niños sin experiencia.

Investigaciones realizadas con presos, ermitaños, soldados, astronautas, exploradores polares y otras personas que han pasado largos periodos en aislamiento indican que las habilidades sociales son como un músculo que se atrofia con la falta de uso. La gente separada de la sociedad —por las circunstancias o por decisión propia— reporta haberse sentido más ansiosa, impulsiva, torpe e intolerante en términos sociales cuando regresó a la vida normal.

Los psicólogos y los neurólogos aseguran que ahora nos está pasando algo similar a todos nosotros, gracias a la pandemia. Estamos perdiendo, de una manera sutil pero inexorable, nuestra facilidad y agilidad en situaciones sociales… nos percatemos o no. Las señales están por todas partes: la gente que comparte de más en Zoom, la exageración o la malinterpretación de los comportamientos del otro, el anhelo de tener contacto con los demás para luego no disfrutarlo de verdad.

Es un malestar social extraño que se puede arraigar con facilidad si no reconocemos por qué está ocurriendo y no tomamos las medidas para minimizar sus efectos.

“Lo primero que se debe entender es que hay razones biológicas detrás de esto”, comentó Stephanie Cacioppo, la directora del Laboratorio de Dinámica Cerebral de la Universidad de Chicago. “No es una patología ni un trastorno mental”.

Según Cacioppo, hasta los más introvertidos de nosotros estamos programados para querer compañía. Es un imperativo evolutivo porque en términos históricos hay seguridad en los grupos grandes de personas. La gente solitaria tenía dificultades para matar mamuts lanudos y para defenderse de los ataques enemigos.

Por lo tanto, cuando estamos desconectados de los demás, nuestros cerebros lo interpretan como una amenaza mortal. Sentirse solo o aislado es una señal biológica como el hambre y la sed. Además, al igual que no comer cuando tienes hambre o no beber algo cuando estás deshidratado, no interactuar con más personas cuando te sientes solo produce efectos negativos cognitivos, emocionales y psicológicos, los cuales es probable que muchos de nosotros estemos sintiendo ahora, según Cacioppo.

Aunque te sientas muy cómodo en una burbuja pandémica con una pareja romántica o familiares, de todas maneras te puedes sentir solo —una sensación que a menudo se disfraza de tristeza, irritabilidad, enojo y letargo— porque no estás obteniendo la gama completa de interacciones humanas que necesitas, casi como no comer una dieta balanceada. Subestimamos el beneficio de la camaradería casual en la oficina, el gimnasio, las prácticas del coro o las clases de arte, sin mencionar los intercambios espontáneos con extraños.

Muchos de nosotros no hemos conocido a nadie en meses.

“La interacción diaria con individuos en el mundo te da una sensación de pertenencia y seguridad que proviene de sentirte parte de una comunidad y una red más amplias, o de tener acceso a ellas”, comentó Stefan Hofmann, profesor de Psicología de la Universidad de Boston. “El aislamiento social destruye esa red”.

La privación pone a nuestros cerebros en modo de supervivencia, lo cual disminuye nuestra capacidad para reconocer y responder de manera apropiada a las sutilezas y complejidades inherentes en las situaciones sociales. En cambio, nos volvemos hipervigilantes e hipersensibles. Si encima de eso agregas un virus aparentemente caprichoso, todos estamos programados para pelear o escapar.

Si te miran de reojo, de inmediato crees que le caes mal a la otra persona. Un comentario confuso es interpretado como un insulto. Al mismo tiempo, te sientes más cohibido y temes que cualquier paso en falso te pondrá en más riesgo. Como resultado, las situaciones sociales, incluso una llamada amigable, se convierten en problemas que es mejor evitar. La gente comienza a retraerse y encuentra como justificación que está demasiado cansada, que no le caía muy bien esa persona desde el principio o que hay algo que preferiría ver en Netflix.

Una Nota de Kate Murphy



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