Jesús Peñalver: Pequeños deberes

6 de marzo de 2016

Recuento con Poesía




Conseguir agua y jabón para los pillos y ladrones que han destrozado a Venezuela, a ver si además de las manos, pueden lavarse la conciencia.

Liberar a las aves de su encierro, poner tras las rejas a los zamuros que han hecho una fiesta con la presa fácil, frágil, miedosa, la patria.

Hacerme eco de los gritos de lamento del país que anuncian el botín en que lo han convertido los corruptos veniales, bestias insaciables, incansables en su afán de comer, lamen, roban, golosos voraces. El erario hasta la carroña.

Distinguir zapato de alpargata; cantina de presupuesto nacional; burdel de gallera; asamblea de serrallo; gobierno de satrapía; civiles de milicos, entre otras tantas cosas para entender y difundir la odiosa neolengua que nos perturba, y precisar como el poeta, que “el pez navega por lo azul del agua y el ave vuela por amor al viento”.

Confirmarme en la certeza que la patria no da licencia para tirar la toalla y dejar de luchar por ella.; que un pueblo que no tiene hambre sonríe y es feliz; que pueden seguir siendo las farmacias refugios de oración, y confiado creer en el país, tierra del pan amargo y la esperanza dulce, donde nacerá la justicia.

Una flor amarillaEntender que aunque cuchillos dominen el paisaje, alguna flor habrá nacido hoy en los jardines ocultos del alma, y se impondrá la sinfonía del corazón a ese eco perenne de sirenas que perturba nuestra cotidianidad. Elevar nuestra oración, porque no hay mejor hora que aquella en que vemos libertar a los presos inocentes.

Asegurarme a plenitud, de que hoy Venezuela es una gran sala de espera con muchas esperanzas; evitar que nuestro sufrido país caiga víctima de la desmoralización, lo que es un riesgo que hay que conjurar en lo inmediato.

Esperanzarnos en estos tiempos difíciles y sombríos, coloreados de un rojo alarmante, contra la abulia parroquial que nos acogota, contra la tranquilidad de la indiferencia de muchos, Venezuela bien vale la pena.

Enfrentar a esa pesadilla diecisieteañera, signada por el oprobio y el fracaso, que nunca ha debido tener lugar en esta tierra.

Comprender que la democracia, a pesar del criterio enano de los bárbaros, fija límites normales al poder, también a la libertad; pero ello no significa desmedro ni violación a la dignidad de los ciudadanos, quienes siempre podrán ejercer su derecho a la protesta como medio de presión y crítica para una racional y pacífica convivencia en sociedad.

Continuar civilizando la política como todas las actividades humanas, como el deporte, el amor o la cortesía.

Calmar a los fanáticos que aprendieron una sola consigna, que viven en el cuadro de las ideas explosivas y los planes diabólicos, incapaces de cambiar, de comprender y discutir lo distinto para que no se les quebrante su único y desesperado esquema.

Expresar con acierto y valentía el horror que nos mantiene en suplicio, hacer algo o mucho en favor de su difusión y solución, sin perder de vista el drama político y social del país que se trasciende a sí mismo para convertirse, gracias al poder del lenguaje, en tragedia universal.

Poder de la palabra
Advertir, si alguna intención han tenido estos trazos, no ha sido otra que reconocer en el poder de la palabra para levantar los ideales, sin codos ni violencia, sin siembra de odio ni venganza; pero sí como bandera limpia y en alto.

Poner aceite a la linterna de la luciérnaga, revisar los agudos del canario, negar mi sangre a los mosquitos.

Serenar al inquieto, no apurar al reloj, contar lunares de la noche, contar hasta el conticinio y al llegar, seguir hasta el sol.


Jesús Peñalver foto de jiulio 2015
Jesús Peñalver
es abogado
Columnista de Opinión
penalver15@gmail.com / @jpenalver





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