La hoguera de los miserables, o los devastadores efectos de la carencia de valores

5 de diciembre de 2013

Deshonesto hoguera

 

Para la política, el hombre es un medio; para la moral, es un fin. Herder  Herder

Puede que desde la óptica del común de los mortales, los que envueltos en la mediocridad y el relativismo más absoluto parecen ausentes de este mundo, no se hayan percatado de los enormes cambios que se han producido y se están produciendo en él en los últimos treinta años.

Aún resulta mucho más chocante, pese a sus devastadores efectos, el escaso interés que este cambio provoca en la mayoría de los ciudadanos, de eso que hemos dado en llamar la sociedad del bienestar… y el consumo. Sea esta de oriente u occidente, pues ya no hay grandes diferencia entre ambas.   

Solemos cubrir las enormes carencias de valores tradicionales con mecanismos y cachivaches que, aparentemente, nos hacen más fácil nuestra vida. Pero, ¿nos hacen más felices? Yo, personalmente, creo que no.

Y, ¿se han preguntado alguna vez el porqué de ese enorme y, sobre todo, rápido cambio? ¿Acaso la tecnología puesta a nuestro servicio es capaz de cubrir los valores tradicionales que durante siglos han facilitado de manera inequívoca las relaciones humanas?

No hay duda de que vamos por un camino claramente equivocado. 

Aunque algunos de estos valores pudieran haberse quedado obsoletos, la mayoría de ellos han sido los soportes, las columnas vertebrales que permitieron mantener, durante milenios, las estructuras de nuestra civilización. Y por ende, los valores más sólidos han sido los mantenidos por el puntal básico de la sociedad: la familia.

En ella se han concentrado, el amor, la solidaridad, la generosidad, el respeto, la honestidad, la tolerancia, la superación, el servicio, la humildad y tantos otros, siendo posible, una vez aprendidos y asumidos por el sujeto familiar, extrapolarlos al resto de la sociedad en la que este se desenvolvía. 

Sin embargo, sorprende como estos valores están siendo desplazados de nuestras vidas con inusitada velocidad, por otros “valores” como el relativismo, la mediocridad, el buenismo, la indolencia, la intolerancia, el egoísmo y otros más, de devastadores efectos perversos.

Y no es difícil de comprender el porqué de este enorme y rápido cambio en la sociedad: permitir que el control de nuestras vidas haya pasado a manos de individuos de dudosa catadora moral: los políticos. 

Deshonesto8Resulta complicado saber cómo una sociedad sólidamente enraizada en los valores tradicionales haya permitido que esto sucediera. Especialmente si tenemos en cuenta la dudosa procedencia, responsabilidad y solvencia de estos deplorables personajes. Probablemente una cierta comodidad, o la ingenua idea de que todo estaba bien y nada pasaría, pueda ser la respuesta.
 
Soy consciente de que generalizar es, por principio, injusto. Pero lamentablemente, con demasiada frecuencia, al generalizar suele acertarse con la síntesis de los defectos, y también virtudes, de un colectivo. En este caso, el de los políticos; seguido por jueces, periodistas y cuantos otros personajes se han acercado a las esferas del poder. 

Es por ello que si nos detenemos y realizamos una mínima reflexión sobre los personajes que controlan y legislan nuestras vidas desde hace décadas, nos daremos cuenta que, salvo excepciones, todos ellos legislaban y legislan, no en función del beneficio y de acuerdo a los valores colectivos, sino, de los valores, creencias e intereses del propio sujeto en cuestión, o de su entorno más íntimo.

De manera que si nos ceñimos a las experiencias más cercanas y recientes, no debe sorprendernos que, por ejemplo, en España, si nos detenemos en su extraña familia gótica, amén del escasísimo nivel de su inteligencia, Rodríguez Zapatero basara toda su legislatura en un ataque frontal contra los valores más tradicionales de la familia; que Rubalcaba, hombre desafecto donde los haya, libre de ataduras éticas, emotivas y familiares, sea un acérrimo defensor del más sucio maquiavelismo, del aborto, del trapicheo y haya pasado la vida defendiendo los valores más egocéntricos y unipersonales. 

Y no es de extrañar que casos como el del actual presidente del gobierno, Mariano Rajoy, de profesión oficiosa registrador en excedencia, pero oficial, “su política”; sujeto suficientemente indocumentado como para convertirse en el icono por excelencia del pasotismo imperante, tan pronto pudiera ser que levantara el brazo al más puro estilo nazi, para cantar la versión más moderna del Cara al Sol; como en un alarde del progresismo más repugnante se dedique a extender titulaciones de modernismo político, poniendo en libertad, en una amnistía descaradamente encubierta, a terroristas, criminales y violadores de la peor calaña. Ello sin olvidar el haber engañado hasta la extenuación a quienes confiando en él, le votaron. 

Así, partiendo de una lista de políticos corruptos, jueces y periodistas vendidos descaradamente al poder, y personajes de todo pelaje, carentes de escrúpulos, colocados al frente de las instituciones nacionales y supranacionales, se puede comprender lo fácil que ha resultado instalar en la sociedad leyes y normas que hace escasos años hubieran resultado incomprensibles. 

El aborto a la carta para adolescentes de 14 años, prácticamente niñas, sin tan siquiera el necesario conocimiento de los padres; la eutanasia como solución a la “necesaria” liberación de espacio en los hospitales e instituciones sanitarias; la extrema indulgencia contra terroristas, violadores y asesinos en serie, en un alarde de progresismo bobalicón en donde los delincuentes disfrutan de mejor y mayor protección que las propias víctimas; la distorsionada y perversa interpretación de los derechos de los homosexuales y travestis, y una serie de determinadas decisiones políticas y legislativas son un pequeño ejemplo que nos hacen ratificar nuestra creencia de que estos personajes que nos gobiernan son, por lo general, personajes carentes de los valores más elementales.
 
Sin duda alguna, estos gobiernan basados en el día a día, ya que carentes de estos valores y de las raíces familiares más tradicionales, ni les interesa, ni encuentran razones que les hagan confiar en que existe un futuro para ellos y, por extensión, para las nuevas generaciones.


Felipe Cantos creditos
Felipe Cantos
Escritor español
mb10308@telenet.be
 
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