El triste invento político argentino

5 de mayo de 2013

Escrache portada


En Brasil se conoce como «escracho», en Perú se convirtió en «roche» y en Chile se bautizó «funa» pero su nombre «original», al menos en los tiempos modernos, viene del lunfardo y nadie duda que es argentino cuando lo pronuncia: Escrache.

Argentina es la cuna del término y del concepto que se ha exportado, en paralelo a la crisis, a España. El origen del escrache, poner en evidencia, retrato feo, aplastar, romper o destruir a una persona, según el diccionario que se consulte, lo impone la asociación H.I.J.O.S. de desaparecidos de la última dictadura militar (1976-83).
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«Empezó en los años 90 como repudio moral, mediante una manifestación pacífica, contra represores de la dictadura que andaban libres. H.I.J.O.S acompañaba estas movilizaciones con demandas de «Juicio y Castigo» a los culpables» . La definición del sociólogo Sebastián Cominiello, autor de un trabajo detallado sobre la historia de los escraches, viene acompañada de una reflexión. «Los escraches tenían como objetivo concreto hacerle la vida imposible a los represores. Su característica es que el fenómeno irrumpe en Argentina y se impone pero desecha la violencia. Esta, con el tiempo, se incorpora pero no por H.I.J.O.S», advierte.
 
Evolución violenta

escrache 2
La «evolución» del escrache se traduce en el año 2000 y 2001 en adelante en operaciones espontáneas de acoso a los políticos argentinos sin diferencia de ideología ni colores. Son los tiempos del «¡Que se vayan todos!» donde la población, arruinada y estafada, fuerza el enclaustramiento mayoritario de la clase política. El autobús, un bar, el cine, un restaurante, tiendas, comercios o una esquina… Allá donde se viera un político se improvisaba el escrache. Por entonces, prácticamente, no se libraba nadie de los insultos y, en ocasiones, de recibir algo más que palabras.
 
El ex presidente Raúl Alfonsín, jamás tuvo una acusación que pusiera en duda que tenía las manos limpias pero también fue víctima de un escrache. Un grupo de personas le sorprendió a las puertas de su casa de la Avenida Santa Fe cuando volvía de cenar. Temperamental, Alfonsín, no lo toleró y se lanzó como un rayo con los puños en alto, a defender su honorabilidad. La escena no volvería a repetirse.

El escrache de H.I.J.O.S. nunca fue algo improvisado. La organización considera el primero el de Jorge Magnaco en 1995, un médico que ejercía en la maternidad clandestina de la Escuela Mecánica de la Armada (Esma), donde parieron un número indeterminado de mujeres cuyos bebés les fueron arrebatados al nacer. Después de sufrir, durante cuatro viernes consecutivos, la visita de H.I.J.O.S. en su lugar de trabajo, perseguirle hasta su domicilio y salir en los medios de comunicación, Magnaco fue despedido del Sanatorio Mitre y sus vecinos le conminaron a que se mudara durante una reunión de la comunidad de propietarios.
Escrache hijos
«Nuestros escraches son producto de un trabajo, de una reconstrucción social y de la necesidad de contar otra historia», explicaba Florencia, miembro de H.I.J.O.S. cuando el escrache atravesaba su etapa más popular. El trabajo previó incluía «pre-escraches» con difusión de octavillas contando la identidad del sujeto, obras de teatro en las plazas más cercanas, murgas, lectura de discursos, o recitales para preparar el terreno al «escrachado». «Cuando llegaba el día del escrache, todo el mundo sabía de qué estábamos hablando», aseguraba Florencia a la prensa.

El colofón del protocolo consistía en estrellar un globo -«bombita»- de pintura roja en la fachada del «enemigo» para que todo el mundo supiera que esa casa «está manchada de sangre».


Carmen de CarlosCarmen de Carlos
Periodista española
@CarmenDeCarlos

*Agradecemos al diario ABC de España permitirnos reproducir este artículo
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