Juan Carlos Girauta titula: La diosecilla

4 de diciembre de 2019

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N
o profeso la religión que venera a Greta Thunberg. Deploro su idolatría, me ofenden esos fervorines que justo conservan lo peor de los credos: la fe del carbonero, la exaltación gregaria que tanto impresiona a las mentalidades inmaduras. Es casi innecesario señalar la paradoja: dicen los adeptos que se trata de ciencia. ¿Ciencia? La de una diosecilla adolescente pronta a la admonición, índice acusador, ceño fruncido. ¿Ciencia? Cualquier matiz acarrea cargo de herejía negacionista. ¿Ciencia? De emociones desatadas, llantinas de fieles, misión salvífica y anuncios apocalípticos. O sea, una doctrina milenarista de manual.

O bien se trata de la primera escuela científica que necesita valerse del miedo, de una diva crispada, de una profetisa adolescente que ni siquiera va al cole porque tiene bolos en Naciones Unidas, en el Vaticano, en Madrid y en el especial navideño de la BBC. «¡Me han robado la infancia! ¿Cómo se atreven?», espetó Greta, ingrata, a los representantes del mundo, pues no otra cosa eran los gobernantes a quienes acusó de traición en Nueva York con mirada abrasadora, rictus de fetiche maya y una voz que convierte en un moñas al Gran Inquisidor de Dostoievski.

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«Pura ciencia», insistía Greta a los periodistas. Pero sin crítica posible no hay ciencia que valga, como sabemos desde Popper. Tampoco democracia, que el filósofo de la falsación sirve lo mismo para la metodología científica que para dibujarnos las sociedades abiertas. Esto no va de ideas, ni de conocimiento, ni de interpretación de estadísticas, espacios donde una miríada de expertos del clima podrían desempeñar una labor pedagógica que se echa en falta, «concienciando» al personal sin asustarlo hasta la histeria.

Lo de Greta tenía que ocurrir. En primer lugar, por el tratamiento del cambio climático desde Al Gore, el del pánico y las mentiras incómodas (véase Factfulness, de Hans Rosling). Después está el entorno familiar de Greta, portal de Belén de la sociedad del espectáculo. Pesebre sueco: en el papel de Virgen María, la artista Malena Ernman, cantante eurovisiva; encarnando a San José, Svante Thunberg, actor de televisión y productor de teatro. En esto último, a la vista está, el padre es un auténtico monstruo. Él mismo explicó: «Nuestra hija tiene síndrome de Asperger, autismo de alto funcionamiento y TOC, trastorno obsesivo-compulsivo. También podemos incluir mutismo selectivo en el diagnóstico, pero es un trastorno que a menudo desaparece con el tiempo».

Greta Thunberg familia

Una familia que se aprovecha

Lo que difícilmente desaparecerá jamás es la tremenda huella que van a dejar en el ser humano Greta Thunberg la irresponsabilidad de unos padres que avalan la consideración de los trastornos de su hija como «superpoderes», el hambre contemporánea de fe en cualquier cosa, y el frío cálculo de varias multinacionales que han escogido esta modalidad de marketing para acelerar una transformación tecnológica por otra parte deseable.

Juan Carlos Girauta
Juan Carlos Girauta
Político y escritor español
Articulista de Opinión






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