Gabriel Albiac escribe sobre el deshonor

4 de octubre de 2013

El deshonor 1

 
 
Francia afronta, en estos días, la mayor vergüenza en la historia de su Ejército: los abusos cometidos por los mandos contra la tropa durante la guerra del 14. Hay aún resistencia a rehabilitar a los fusilados. Ni siquiera a un siglo de distancia es fácil aceptar cómo quienes debían velar por sus hombres se dedicaron a asesinarlos.
 
Senderos de GloriaSenderos de gloria, la película que Stanley Kubrick dedicara a la Gran Guerra, estuvo prohibida en Francia. No por la tajante fórmula que el coronel Dax (magistral, Kirk Douglas) toma de S. Johnson en su diálogo con el general que le ordena llevar a sus hombres a una muerte sin más función que la de exaltar el patriotismo de quienes sobrevivan: «La patria es el último refugio de un canalla». Cosas más duras se publicaron por los mismos años. Lo insoportable era que, por primera vez en cine, Kubrick ponía ante los ojos lo que todos los historiadores sabían: el deshonor abismal de los oficiales durante la atroz guerra de trincheras. Fuera cual fuera su bando. Con la única excepción de la joven oficialidad británica, las bajas de esos años revelan una completa ausencia de oficiales en combate. Mientras la tropa era diezmada.

Britanicos trincheras

Soldados británicos en las trincheras, durante la batalla del Somme, 1916.

Si la paralela película de Losey, Rey y patria, pudo bandearse mejor en su país fue porque los británicos tenían el respaldo moral del estoicismo con el cual sus oficiales murieron al mando de sus soldados. Los fríos datos que da Eric Hobsbawn en su Historia del siglo XX no admiten réplica: los únicos oficiales que cayeron en las trincheras del 14 fueron los británicos: «Gran Bretaña perdió una generación, medio millón de hombres, en su mayor parte de las capas altas, cuyos jóvenes, obligados a dar ejemplo en su condición de oficiales, avanzaban al frente de sus hombres y eran, por tanto, los primeros en caer».
 Soldados alemanes Primera Guerra
La vergüenza de los oficiales austríacos y alemanes fue castigada en la posguerra: son las lógicas de los vencidos. Freud, que participó como experto en los procedimientos contra los médicos cómplices de tortura sobre los soldados, ha descrito el huracán que se llevó por delante el honor militar centroeuropeo. Ante el juez que, en el proceso Wagner-Jauregg (autoridad psiquiátrica absoluta en la Viena de preguerra y más tarde premio Nobel), le pregunta sobre el procedimiento que se aplicaba a los soldados en los hospitales, Freud describe la barbarie: se trataba de que en el hospital sufrieran más que en el frente, para que así pidieran retornar al combate. Tenemos el otro relato, que al menos salva un punto de honor en medio del espanto. Lo da ese oficial joven, enfermo ya para toda la vida, que, en Una madonna de las trincheras, de Rudyard Kipling, narra la herida psíquica de quien nunca dejará de percibir en sus oídos el chirrido de los cadáveres congelados que enlosetaban las trincheras en invierno.
 Europa Primera Guerra Mundial
La Europa continental salió de la Gran Guerra en universal guerra civil: la que enfrentó a los martirizados soldados rasos con la degenerada alta oficialidad. El primer síntoma de eso fue la revolución rusa, en 1917, aún en plena guerra. Luego, las revoluciones sangrientas y fallidas en Hungría, en Alemania, en el norte de Italia, los movimientos insurreccionales en todo el continente, que culminarían en la Guerra Civil española y en la inmediata Segunda Guerra Mundial… De esa doble matanza del 14-19 y del 39-45, Europa salió muerta. No se puede arreglar lo destruido. Bien está que, por lo menos, alce la historia constancia, ahora, de todo el mal hecho entonces. Y de quienes lo hicieron.


Gabriel Albiac

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid




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