Soledad de Mandela

4 de julio de 2013

Soledad de Mandela


Mandela ha sido un santo. Rodeado de asesinos. Eso hace tan grande su biografía. Incluso en sus errores. Eso pone también acento trágico al desmoronamiento final de su herencia. Desmond Tutu cifraba ese fracaso en su esperanza de que la enfermedad del viejo dirigente lo hubiera puesto a salvo, al menos, de percibir la brutal corrupción de sus sucesores.
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Santo, es indispensable haberlo sido para aguantar treinta años de presidio sin llamar a la venganza. Y para contener desde la cárcel a aquellos que, dentro de la ANC, su partido, agitaban banderas terroristas. Para salir de prisión, en 1990, y negociar con el afrikáner De Klerk la construcción de un Estado sin segregaciones y compartir con el enemigo de antaño la recepción de un Nobel de la paz, por una vez, respetable.

Nelson and Winnie MandelaY para afrontar, apenas liberado, la cruda realidad de que su esposa Winnie hubiera acaudillado, a la sombra del prestigio y sufrimiento del marido, a una banda desalmada de asesinos, torturadores, ladrones y corruptos: la estoica firmeza con la cual entonces el hombre que hubiera podido imponer cuanto le viniese en gana acepta la independencia judicial, contempla con horror el retrato que el juicio traza de su esposa y corta con ella, tiene la dimensión moral de los grandes actos trágicos.
 
Gobernó cinco años sólo: era muy viejo ya al salir de la cárcel; y su salud, muy frágil. No tenía herederos de su talla: ni política, ni, sobre todo, ética.

Jacob Zuma

Jacob Zuma

Y el naufragio comenzó enseguida. Hasta culminar bajo la presidencia de Jacob Zuma –sindicalista corrupto, homófobo militante, polígamo defensor del test de virginidad femenina en el matrimonio y negador del sida entre otras lindezas–, cuyo soborno por la multinacional armamentista Thint-Thales-Thomson CSF constituye el escándalo judicial mayor de la actual Sudáfrica.

 
En 1999, John Maxwell Coetzee publicó Disgrace. No he leído una novela, ni de lejos, tan sombría. Ni tan lúcida. Ni tan cerrada a esperanza. De Coetzee conocía una trayectoria de empecinado combatiente contra el apartheid: venía de familia afrikáner, y apostar por una Sudáfrica sin discriminación lo abocaba necesariamente al drama. Desgracia narra la pérdida del último horizonte: aquel que abrió Mandela. Y la Sudáfrica post-apartheid que la escritura glacial de Coetzee esboza a filo gillette es difícil de soportar hasta su última página: un infierno congelado en la perfecta ausencia de futuro. Y cada fantasma que disecciona Coetzee (odio racial sin cura, culpa masoquista, regocijo en el envilecimiento…) tiene perfiles metafísicos que el lector sabe intemporales. Como si –esta vez sí– los metafísicos insurrectos del siglo XIX, cuyo retrato fija Walter Benjamin disparando contra los relojes, hubieran aquí consumado su propósito de detener el tiempo. Disgrace

¿Leyó Mandela, en su soledad de hombre recluido en mito para mejor ser aislado, la novela del premio Nobel sudafricano? Casi mejor que no: es el relato cruel de la derrota más amarga. La de aquel que fue un santo rodeado de asesinos.


Gabriel Albiac

Gabriel Albiac

Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid
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