Gabriel Albiac titula: Kowalski en Tampa

3 de septiembre de 2012

Clint Eastwood portada

Por las mismas fechas en que Barack Obama llegaba a la presidencia, Clint Eastwood estrenaba Gran Torino, su obra más depurada y su testamento. De los dos acontecimientos, quedará en la historia el segundo; en la historia del cine, que es, sin comparación, menos fugaz que la política.

Clint Eastwood en el film Gran Torino

En aquella película, el octogenario Walt Kowalski, afronta el epílogo de una vida sin brillo. Es ya un ex de todo: luchó en Corea, fue obrero en una fábrica de automóviles, de la cual le quedan su jubilación y un Ford Gran Torino primorosamente cuidado en su garaje, ha enterrado a su mujer, a sus hijos los detesta cordialmente, tanto como a él ellos. Una lacónica fidelidad a las tan pocas cosas por las cuales valió vivir se filtra en cada gesto de ese anciano incorruptiblemente amargo, en cuya composición Eastwood roza lo perfecto. La película es un camino de redención que da sobre el desenlace más épico que, después de John Ford, haya yo visto en cine. Y Kowalski emparenta con la ascética del Tom Doniphon al cual John Wayne da vida en El hombre que mató a Liberty Valance. Sólo que él no renuncia a su vida, sino a su muerte: no dispara, se hace disparar. Y eso hace del Gran Torino teología.

En la Convención Republicana, hace tres días, compareció no Eastwood, sino Kowalski. Y rompió las reglas. Como las hubiera roto el Doniphon de Ford, de haberle sido concedida una ocasión así. No había guión, no había texto, no había nada. Sólo un octogenario, con todos los sueños de la América profunda a cuestas. Y todas sus derrotas. Y una silla vacía. Y una mitología básica: que frente al último de los ciudadanos que pagan su salario, el presidente no es más que un empleado que debe rendir cuentas y afrontar ser despedido si no cumplió bien con el oficio para el cual lo contrataron. Cualquier don nadie puede sentar en la silla al presidente. Y hacerle callar. Porque cualquier don nadie es el igual del presidente. No, no su igual: el que le paga el sueldo. Y no era Eastwood quien pedía cuentas al ausente Obama. Era cualquier jubilado con el agua al cuello, exigiéndoselas a aquel cuya falta de maestría en el oficio le ha traído la ruina.

Un escalofrío pasa por el alma de quien contempla ese momento y no se ha vuelto aún del todo imbécil. Lo de Eastwood no fue la diatriba contra un presidente. Fue el bofetón en el rostro de una casta que, por todas partes en todas las sociedades modernas, ha ido parasitando a la ciudadanía, hasta dejarla en este incurable desvalimiento. Los políticos son unánimes en una cosa: proteger sus intereses frente al ciudadano. Lo demás les es accesorio. Y a la lúcida salida de tono de Eastwood la llaman senilidad, ahora, los mismos que, once minutos antes, llamaban a Eastwood genio.

Dijo en esos once minutos lo esencial, lo que no debe ser dicho, lo único que vale la pena decir: que de la democracia, apenas queda nada. Y que luchar por ese apenas nada, vale la pena. Aunque sea para estrellarse. Sobre todo, para eso. Como Walt Kowalski. Contra la mala gente.

 

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid

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