Con los ojos abiertos

3 de junio de 2012

vivirportada

Un hombre que sabe que va a morir en el plazo de seis meses trata de acabar sus días en la disipación y los placeres y frecuenta bares y chicas de alterne; pero se percata de que puede hacer algo más digno y dedica sus últimas fuerzas a convencer a los burócratas del Concejo Municipal de construir el pequeño parque infantil de su comunidad.

Este es el tema de una de las glorias del cine japonés y mundial de todos los tiempos: Vivir (Ikiru,1952), de Akira Kurosawa, un film que ocupa privilegiado lugar en mi altar de devociones cinematográficas.

Kurosawa descifró las interrogantes de ¿para qué o por qué vivimos? En un Japón derrotado moral y militarmente y lacerado de manera brutal por la explosión atómica en Hiroshima y la abominación de una segunda bomba sobre Nagasaki, comprendió que durante los años anteriores a la guerra tanto el militarismo como su derrota condicionaron los pasos del hombre japonés y confundieron el sentido de su vida personal con la vida del país.

El crítico Tadao Sato dijo entonces que el hombre japonés descubrió que su Gobierno había mentido; que era preciso rescatar una resonancia de vida que devolviera al hombre su integridad individual, que redescubriera y ajustara su sentido de la vida pero no entregándose irresponsablemente al hedonismo, sino vigorizando y templando el ánimo a través del sufrimiento, y en la película Vivir, Kurosawa rescató el honor perdido y simbolizó en la inmovilidad burocrática la ausencia de solidaridad y el desapego que vivía el país después de los horrores de Hiroshima.

Devorado por el cáncer, Kenji Watanabe dedica sus últimos esfuerzos a atender y resolver la petición de sus vecinos de construir el parque. Lo logra después de numerosos sacrificios y de vencer la espesa burocracia de los concejales. Mientras cae suavemente la nieve, meciéndose en el trapecio, Watanabe, el oscuro funcionario, canturrea una canción, y la muerte viene al encuentro de este hombre confundido con millones de seres anónimos como él pero cuya vida al entrar en contacto con su muerte conoce el resplandor heroico de una iluminación: dar sentido a su vida; descubrir la vida después de la muerte.

Cuando somos jóvenes cantamos a la muerte y disfrutamos, pero una vez cruzado el cabo de las tormentas y de las esperanzas nos dedicamos, por el contrario, a cantar a la vida porque en la primera edad la muerte es una presencia remota, una invención de los que mueren. La exaltamos en la edad de la irresponsable alegría, pero ancianos nos extasiamos ante el simple canto de un pájaro o frente a la perfecta estructura de la hoja al caer, y tratamos de escuchar los rumores del silencio al atardecer.

Y descubrimos que la muerte es más que un aire helado.

Es una figura tangible invitada por derecho propio a la ceremonia final, y lloramos porque nos aterra su presencia ya que hemos visto morir a quienes estuvieron cerca como para no sentir un estupor pánico por la certeza de que algo nuestro se iba con ellos y que con ellos comenzábamos también a morir. Que nuestra vida estaba unida a la de ellos por hilos secretos, fulguraciones o soplos cósmicos.

No se nos enseña a vivir; pero tampoco hemos aprendido a morir y, menos aún, a prolongar nuestra vida después de la muerte, como hizo Kenji Watanabe; poblar los últimos momentos con los sonidos que nunca llegaron a vibrar o resonar en el corazón, liberar las ataduras, reconocer lo torpes o equivocados que fuimos mientras recorríamos los caminos de la vida y dejarnos llevar por el torrente al que tanto tememos. Entrar en la muerte con los ojos abiertos, como pidieron en tiempos distintos Adriano, el emperador, y la notable escritora Marguerite Yourcenar.

Rodolfo Izaguirre
Crítico de Cine y Escritor
izaguirreblanco@gmail.com

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