Gabriel Albiac: Metáforavirus

3 de febrero de 2020

Peste universal




Avanza el coronavirus. Y, con él, un desconcierto fascinado: no somos invulnerables. La enfermedad es metáfora. Quizá la más potente. Porque, en la enfermedad, todo hombre avista los perfiles de aquello que no es nunca conocible: nuestra propia muerte, eso que sólo se da cuando no estamos y que huye cuando irrumpe nuestra presencia.

Epicuro, hace dos mil quinientos años, cifra esa paradoja. La muerte: cuando ella no yo, cuando yo no ella. Y ese desasosiego de que lo más primordial, lo único que importa a los hombres -aun cuando les escape a comprensión y aun a experiencia-, marca con su angustia todas sus cosas.

Pascal da a esa paradoja forma de gran axioma: «La enfermedad es el estado natural de los cristianos», lo que en el léxico jansenista quiere decir que lo es de «la humanidad verdadera». La enfermedad dice, sí, algo esencial que sin ella asfixiaríamos: que somos nada más que pasaje en el tiempo, motas de polvo que un huracán incesante avienta. Y que, en el tiempo, somos sólo lo que somos en la medida en que dejamos de ser lo que fuimos. La fórmula que Quevedo dará a eso es una cumbre de la literatura española: en el hoy que no es ya ayer, en el mañana que no llega, «soy un fue y un será y un es cansado». En rigor, «presentes sucesiones de difunto». La enfermedad fuerza al humano a saberse precario. Sin literatura. Y a abrazar incluso eso: «Amo la vida con saber que es muerte».

Y, cada vez que la enfermedad irrumpe, con esa brutalidad de la epidemia que hace saltar los blindaje con que excluimos su presencia en nuestras vidas, nos sabemos ante el espejo fiel de nuestra condición. Todos, en diversas medidas, hemos atravesado la experiencia indecible de ver morir a los que amábamos. «Mueren los otros», dejaba caer con angustiosa serenidad Sigmund Freud. Sólo en ellos nos es dado el espejo de esa imposible experiencia. Supervivientes y, pues, culpables. Llegará el día en que esa culpabilidad recaiga sobre otros, sobre los que hayan de ser espectadores de esta muerte nuestra a la cual no asistiremos. «El hombre inventó la muerte», escribió Yates. Menos solemne, Borges constata cómo todos los animales son inmortales. Salvo el hombre, que es el único que sabe no serlo.

Puerta entornada
La enfermedad pone las almas humanas en el quicio de una puerta entornada. No es la muerte. Es su amenaza. Sólo entonces entendemos que no es horrible morir: eso lo ignoraremos. Que es horrible saber que morir llegará. Sin que nosotros nada podamos saber de ello.

Tito Lucrecio Caro, epicúreo y poeta, cierra su De rerum natura con 149 versos que son como llamaradas: los que alzan sobre la escena literaria la peste de Atenas. La epidemia universal es la metáfora de la mortal condición humana. Eso da a la conmoción de esos versos unción sagrada de arquetipo intemporal. Pasan los siglos, pasan los milenios: la angustiosa verdad que la enfermedad nos dice es la de que somos porque estamos no siendo. Nuestra grandeza es saberlo. Y nuestro drama. Ser hombre es ser enfermo.

gabriel-albiac-2017-creditosGacriel Albiac, catedrático de Filosofía de la Complutense. Ha obtenido los premios González Ruano, Samuel Toledano y Nacional de Ensayo. Su último libro es «Blues de invierno»



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