Gabriel Albiac: Corrupciones bárbaras

3 de enero de 2014

Turquía Corrupción




Puede que en ningún otro pasaje dibujara Baruch de Spinoza, tan nítida, la paradoja que enfrenta a moral y política. Capítulo Baruch de Spinoza 2VI de su póstumo Tratado Político: «Ningún Estado se ha mantenido tanto tiempo inalterado como el de los turcos; y, por el contrario, ningún Estado ha sido más efímero ni ha padecido más sediciones que los Estados populares o democráticos. Pero es que, si debiéramos llamar paz a la esclavitud, la barbarie y la desolación, entonces vendría a a ser cierto que nada habría para los hombres más miserable que la paz».
 
No hay cinismo en su constancia. Y sí una lucidez amarga. Spinoza ha vivido el modelo holandés como el alzado de una política moral: de una política de hombres libres. No era sentimentalismo: bajo el gobierno de Johan y Cornelius De Witt, Ámsterdam, había dado en ser el lugar prodigioso para vivir en el cual tan sólo se exigía el respeto a las leyes y la no interferencia en las creencias de los demás: la prosperidad de la República reposa sobre la expansión del libre comercio; las prohibiciones religiosas traban el desarrollo armonioso de esa riqueza; la ciudad garantiza, pues, el libre culto de todo ciudadano que se comprometa a no interferir el libre culto de ningún otro. Fue un paraíso. Destruido ya, cuando el filósofo redacta el testamentario Tratado Político, que había de cerrar las paradojas abiertas por su Ética.
 
¿Son compatibles acción ética y política? Lo convenido era hablar de difíciles armonías. Spinoza, naturalmente, opta por lo contrario. Y, como corresponde a un filósofo, dice aquello que no debe ser dicho, aquello cuya agria verdad a nadie place. A nadie. Tampoco a él. Pero placer o displacer nada ponen ni quitan a la verdad de un análisis. No, nada hay compatible entre moral y política. No hay más que una verdad moral para un hombre: la libertad, en el ejercicio de la cual se juega su potencia, su ser por tanto. La política, sobre la cual pervive cualquier Estado, se cifra en otra exigencia: la seguridad de leyes e Los Wittinstituciones. El despotismo imperial turco es una garantía de continuidad despiadada y ajena a remordimientos morales. La democracia es paradójica y frágil. En 1672, la República de los Witt fue destruida. Y ellos mismo linchados. La imagen, que retrata el cuadro de Jan de Baen, fue vivida como «la peor barbarie» por el filósofo: la derrota de la libertad.
 
Pero también lo más horrible debe ser entendido. Igual que lo más hermoso. De eso habla el póstumo Tratado Político: lo asesino es, con la mayor frecuencia, lo más rentable. En política. Y el imperio turco, que es la hipérbole del crimen como arma de poder, está llamado a perdurar monstruosamente. Tres siglos más duró. Intacto. Como el puro modelo de esa barbarie consistente en «transferir todo el poder a un solo hombre, lo cual es ir en el interés, no de la paz, sino de la esclavitud». Cuando, en la segunda década del siglo XX, un grupo de jóvenes militares liderado por Kemal Ataturk cerró los cuatrocientos años de califato, abolió la intemporal teocracia y alzó en su lugar un Estado laico, el mundo musulmán tuvo su ocasión de modernidad. Única.
 
La perdió. Y tres cuartos de siglo luego, los de Erdogán recuperaron a Turquía para el islam. A gentes como Zapatero, aquello les pareció estupendo. E hicieron de Erdogán su primer aliado en la demente «Alianza de Civilizaciones». Ahora sabemos lo que había tras Erdogán: corrupción sólo. Y adivinamos lo que vendrá para curarla: clérigos. Irán se perfila ya en el horizonte.



Gabriel Albiac

Gabriel Albiac

Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid



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