Gabriel Albiac pregunta: ¿Víctimas? ¿Verdugos?

2 de septiembre de 2013

Siria muerte 45


Fui, hace casi tres años y aquí mismo, el raro que llamó inicio de guerra civil a lo que todos llamaban por aquel tiempo «primavera». Árabe. Hoy es una evidencia. Lo era entonces. Pero consuela mucho no ver lo desagradable. El consuelo es siempre lo peor de todo.
 
Era evidencia. La Europa colonialista trazó su reparto del Cercano Oriente sobre el cuadriculado tiralíneas de una administración imperial otomana ajena a nacionalidades. Exangüe tras sus dos guerras, Europa abandona ese arbitrario mosaico. Y la guerra fría impone su reparto acorde: dictaduras militares, bajo diversa etiqueta. Cuando, en 1989, la URSS de Gorbachev capitula incondicionalmente, aquella sanguinaria red de caudillos locales pierde función. Y empiezan las tormentas. Hasta hoy.
 Islam y petróleo
¿Hay algo por debajo del artificial mosaico post colonial? Dos cosas: islam y petróleo. Del segundo, poco cabe decir que no sea constatar la incompetencia mundial para dar con una fuente energética alternativa. Sobre el primero se alzan todas las incógnitas y riesgos del poco amable futuro que se nos viene encima.
 
Saudi Arabia MapaIslam es umma. Sin duda. Doctrina de la comunidad creyente, para la cual cualquier Estado nacional es herejía. Muy bonito. Pero no tan claro. Islam es dos: chií y sunita. En guerra a muerte. Y la más engañosa de las máscaras actuales tal vez sea la «evidencia» de que Irán priorice la reducción de Israel a nada. Ese deseo es cierto. Pero pasa por un momento previo: la aniquilación del «degenerado» reino de Arabia Saudita, en la cual cifran los clérigos chiíes de Qom el punto sin retorno de la unidad y hegemonía islámicas. Si alguna ciudad del mundo es candidata a los misiles nucleares persas, se llama Riad. Y eso no hay nadie en el Golfo que lo ignore.
 
Las dos guerras en Irak fueron mal resueltas. Probablemente, a causa de la pintoresca apuesta de la primera de ellas: dejar al enemigo derrotado en el poder, en vez de aniquilarlo. Ya no hay remedio. La alternativa hipótesis diseñada por la administración Obama no carece de ingenio. Demasiado, tal vez. Contraponer islam a islam: a chiíes, suníes; a «locos» iraníes, «sensatos» sauditas. Lo que la boba Europa llamó una revolución o primavera, fue la sustitución de tiranos laicos por teócratas wahabíes. Pero el wahabismo tiene un pie en la corona saudí y el otro en Al Qaeda. Se minimizó el riesgo. Verbalmente.
 Falsa primavera
Duró lo que tenía que durar. Nada. Dos años. El Túnez razonablemente moderno ya no existe. Egipto es guerra entre malos y pésimos. ¿Libia? Refinerías francesas y tribus… Siria es la última clave: cruce de los caminos críticos en el Cercano Oriente.
 
Pero, ¿cómo apostar en Siria? Los minoritarios chiíes de Assad, sostenidos por la eficacia de Hezbolá y los iraníes, gasean, por supuesto, al enemigo. Los mayoritarios suníes, vertebrados por Al Qaeda y el dinero saudita, gasean, por supuesto, al enemigo. Es una guerra de exterminio, en la cual víctimas y verdugos se intercambian. Ya no hay remedio.
 
A esto lleva poner emoción en vez de análisis.
 


Gabriel Albiac

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid




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