Alarma en el Titanic

2 de mayo de 2013

Europa se hunde

 
 
Madrid, en víspera de loco puente y vespertino fútbol, ha adquirido un silencio como de ciudad fantasma a la cual asedia el traidor frío de la primavera. Me atrinchero en su letargo de ciudad dormida para releer la bella reflexión de Paul Valéry tras la Gran Guerra, que me ha ido dando vueltas estos días. «Nosotras, las civilizaciones, ahora sabemos que somos mortales». Puede que un día, tras el actual desbarajuste, aquellos que sigan vivos hayan de percibir ese desasosiego de haber visto acabar un mundo que recorre su desolada Crisis del espíritu de 1919. En instantáneos fogonazos, algo parece estar diciéndonos que nuestro mundo termina. No el español, el de Europa. Y la imagen grandiosa del gran trasatlántico herido por el hielo en medio de la noche, con la cual juega Valéry, nos corta el aliento: «La oscilación del navío ha sido tan fuerte que aun las lámparas con más solidez fijadas se han venido finalmente abajo».
España se hunde 2Nuestra última superchería consiste en fantasear que va a venirnos la salvación de Europa. Pero Europa es una nave a la deriva, que hace agua por demasiadas junturas de su armazón mal trabada. Nosotros somos apenas una de su media docena de grietas críticas. Y es la nave toda -o, si se quiere, el trasatlántico- la que amenaza con irse al fondo sin remedio. O al desguace, en todo caso, si algo salva.
Euro desplomado
Los datos de Eurostat para el pasado mes de marzo son ineluctables. Al cabo de veintitrés meses consecutivos de aumento, el paro inscrito alcanza en la UE su cifra máxima: 19,2 millones de personas, un 12,1% de la población activa en este viejo -y aún no hace tanto tiempo rico- continente. Y es cierto que, en España, más que doblamos esa cifra. Y es cierto que, con la sola excepción de una ya náufraga Grecia -más tercer mundo, en rigor, que europea-, España carga con la más alta tasa de ese paro. Pero, con muy contadas excepciones, el ascenso inflexible del paro europeo es síntoma de un cáncer que cruza su umbral crítico. La oscura tentación del sálvese quien pueda tienta, cada vez de modo más tangible, a capas de opinión pública muy amplias en esos pocos países que sueñan todavía con sobrevivir soltando peso muerto.
España se hundeNo va a salvarnos nadie. Nos salvaremos nosotros, en parte al menos, si aceptamos que no es posible salir de esta hecatombe como entramos. Y que, cuanto más prolonguemos la amputación de lo mucho putrefacto, más difícil será sobrevivir al bisturí del cirujano. En cualquier país europeo que hubiera sobrepasado brutalmente el 25% de desempleo y cuya deuda pública amenazara con alcanzar el 100% dentro de tres años, un pacto nacional hubiera sido automatismo de supervivencia. No es un drama ese tipo de pacto de Estado. Drama es la situación de emergencia nacional que lo exige. Y tragedia, no sellarlo. Pactos transversales a los grandes partidos los han aplicado todas las democracias europeas en el último medio siglo. 

Si en España suena a imposible, es porque aquí los partidos han dado en ser una cosa perversa: agencias de colocación para los suyos. Y el pacto aparece como riesgo de que caiga en mano ajena el puesto y sueldo que otorgó la benevolencia. No hay interés nacional aquí. Sólo interés de partido. De todos los partidos, sin excepción alguna.

Y eso no es sostenible. Aguardar a que quien gobierna se estrelle para heredar sus privilegios, no es sólo malvado; es estúpido. Del bofetón final, no va a salvarse nadie. Y las «sólidas lámparas» de las que habla Valéry caerán sobre nosotros. Cuando llegue el naufragio.


Gabriel Albiac

Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid
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