Gabriel Albiac: Mundo de después de ayer

2 de marzo de 2020

Nacionalismo 7




Nacional… Ni a los monos se les ocurriría semejante idea… A lo mejor son los monos los que proceden de los nacionalistas, pues los monos suponen un progreso». Lo deja caer Joseph Roth, con ácido desprecio. Corrían vísperas de fin del mundo. Porque el mundo de los hombres se lo llevan los hombres por delante cada vez que apuestan por el vértigo del sinsentido. El mundo, nuestro mundo, es la red de leyendas que da sentido al mundo.

El último de esos íntimos apocalipsis lo vivió Europa en el gran carnaval de entreguerras. Roth, en paralelo a Zweig, narró su clave: «De la humanidad a la bestialidad por el camino de la nacionalidad». Nada hay más duro para quienes un día se soñaron cosmopolitas. El fin de Zweig y Roth fue paralelo: huérfanos de una edad de oro. Convendría meditar qué es lo que acaba ahora. Como en 1934, cuando una banda tabernaria se impuso en Centroeuropa. Y redujo el «mundo de ayer» a un puñado de ceniza.

En el año 2000, publiqué un libro que hablaba de la extinción de las lógicas representativas: «Desde la incertidumbre».

Albiac desde la incertidumbre
Decía cosas muy elementales: que la irrupción telemática hacía ociosa la distinción entre representante y representado: todo (todos) está (están) en todas partes simultáneamente; cada libro de la biblioteca de Georgetwon está en mi ordenador, y cada manuscrito de la Nacional Francesa; cada sujeto -genial o descerebrado- posee, desde su portátil, la potencia comunicativa de un ministerio de propaganda; el artefacto representativo no es ya el Parlamento, es el televisor, cuya representación es invertida: la máquina se representa en sus espectadores. Sobre tal dispositivo, ¿puede seguir hablándose, en rigor, de democracia?

En el vértigo de veinte años, la pregunta pasó a ser ociosa. No es la democracia lo perdido: al fin, eso sería dramático pero trivial. Lo extinto es la representación. Y, eso sí, sella el fin de una era. En 1789, la representación dio cuenta de un dilema material: los delegados estamentarios de los «Estados Generales» fueron trocados en Asamblea Nacional. Era la revolución. A agotadores días de viaje de sus delegantes, sin comunicación posible, sin «presencia» de sus vecinos, los constituyentes «re-presentaron» un papel que el destino les imponía. Más tarde, fue preciso tejer la red de instituciones que mediara esa relación «re-presentativa». El Estado moderno fue el dispositivo concertado de esas instituciones. A su asentamiento sobre la división de tres poderes, más un ejército, pueblo en armas, se llamó democracia.

Eso ha acabado. Un idiota con un ordenador on-line puede suplir hoy a la reglada trama de la Justicia y -acaba de suceder con Plácido Domingo- imponer al ejecutivo una ejecución sin juicio: antes se llamaba a eso linchamiento.

Mono en ordenador
Un idiota con un ordenador online puede generar paranoias más altas que la de cualquier virus. Un nacionalista online puede crear una nación más letal que las reales. «Nacional». Sí, nacional. «Ni a los monos…». Es el mundo de después de ayer.

gabriel-albiac-2017-creditosGacriel Albiac, catedrático de Filosofía de la Complutense. Ha obtenido los premios González Ruano, Samuel Toledano y Nacional de Ensayo. Su último libro es «Blues de invierno»


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