Epicuro en Legazpi es el título que trae Gabriel Albiac

1 de noviembre de 2013

Epicuro Legazpi



Hubo –se dice– un tiempo, el de los griegos, que llamó hombre feliz al que leía. Lo evoca, al cruzar el pasillo a oscuras que, en homenaje al Platón más geométrico, fuerza al desprevenido visitante a saltar sobre 1.600 años. Ha entrado en la penumbra de esa lineal caverna con la hecatombe del 79, siglo primero: el Vesubio se traga un mundo primorosamente urdido. No hombres tan sólo: un mundo, cuyos hombres rendían culto fiel a sus libros.
 
El foco que, sin aviso, lo ciega, brutal, al final del recodo izquierdo, le dice haber venido a dar de bruces en un siglo de ensueños luminosos. Todo es distinto y lo mismo: Herculano es ahora Nápoles ilustrada. Y nada se ha perdido en la caída, que lleva del patricio enamorado de refinadas reliquias de Epicuro al rey enamorado por la máquina que, de aquellos carbones que el arqueólogo halló en sus galerías, va a sacar el milagro de los libros perdidos que guiaron la vida de otros hombres.
 
Epicuro 2 cabezas
«Empezaré –dice Séneca– a presentarte aquello a lo cual Epicuro nos exhorta: Sobre todo, retírate dentro de ti mismo cuando te veas obligado a estar entre la muchedumbre». El patricio que habitaba la mansión de Herculano, junto a Nápoles, era uno de esos que en la lectura de Epicuro habían aprendido a despreciar todos los mundos que no sean el de la inteligencia. Y lo que sabemos –y cuanto parcialmente hemos logrado arrebatar a la ceniza– cuadra como un mosaico en la indolente lejanía del maestro que se sincera ante los amigos: «Nunca he pretendido agradar a las masas, pues lo que a ellas gusta yo no lo conozco, y lo que yo sé está muy lejos de su sensibilidad».
 
Tal como aquí, en las salas del Matadero madrileño en Legazpi, ha sido digitalmente reconstruida, la Villa de Herculano debió ser una sagrada fortaleza del sosiego. Frente al mar. Arquitectónicamente admirable. Y toda ella pensada en torno a un depósito sagrado: el de los papiros. Que contuvieron la más voluminosa biblioteca –y la más monográficamente dedicada al maestro de la autarquía, Epicuro– que ha llegado hasta nosotros. Aun cuando los primeros que, a través de los túneles abiertos en la lava de un milenio y medio, se abrieron hasta su corazón paso ni soñaron que aquellos como carbones de tea fósil fueran, tal vez rescoldo de tea, sí, pero rescoldo de tea de libros.
 Herculano

Varios de esos carbones, de vaga evocación cilíndrica muy retorcida, ha visto el visitante en las vitrinas. Que un día, que muy pocos años después de dar con esas cosas, alguien tuviera la iluminación de que pudieran ser, tal vez, restos de libros, lo conmueve: hay que amar mucho la palabra escrita para pensar en ella ante aquellos mínimos pedazos de ruina. Que otro, el escolapio Antonio Piaggio idease esa máquina, aquí presente, mediante cuyo hábil manejo fuera posible recuperar –primero trozo a trozo, luego en tiras completas– una parte importante de los carbonizados papiros, es algo cuya magia se le antoja más allá de lo explicable. Junto a los varios cilindros de carbón retorcido, hay una urna de inhabituales dimensiones. En su interior un papiro en su totalidad desplegado: cuatro metros. Es un tratado de retórica. El paseante puede seguir su caligrafía primorosa. Sin esfuerzo apenas.
 
La escritura, a la cual lava y fuego condenaron a la nada, está ahí. Pero también la lucha contra la fatalidad adversa. Sale a la calle, el visitante. Como en un sueño, le vuelve la voz del maestro: «La necesidad es un mal; pero no hay necesidad alguna de vivir en la necesidad». Y a eso él llama ser libre.


Gabriel Albiac
Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía Universidad Complutense de Madrid





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