¡Perder a la mujer!

1 de julio de 2012

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Mi amigo JM rechazó con menosprecio la sarcástica frase de Oscar Wilde: «¡El único deporte que hago es acompañar a pie, al cementerio, a mis amigos que han hecho deporte!». Le pareció ofensiva porque si en algo creía JM con denodado fervor era en el ejercicio físico, en la eutonía muscular que tanto proclamaba Gerda Alexander en su libro La eutonía. Un camino hacia la experiencia total del cuerpo. JM hizo suyo ese camino, es decir, abrazó la rutina de la caminata y el sacrificado esfuerzo de levantarse antes del alba, vestir la ropa deportiva y echarse a la calle desafiando la lluvia para emprender la veloz carrera y sentir ese segundo aire que lo impulsaba a seguir corriendo hasta el fin de sus días.

Al principio, estacionaba el automóvil en el Parque del Este. Daba apenas dos o tres vueltas perimetrales, recogía algunos mangos en tiempo de cosecha y volvía a casa. ¡Pero se aficionó! Corría entonces a campo traviesa y terminó formando parte de un enajenado grupo de centauros que galopaba furiosamente por las caminerías. Pero comenzó a irritarle la abusiva presencia geriátrica en aquella hora matinal. ¡No volvió al parque! Se liberó de los centauros y prefirió la libertad de las calles que recorría con renovado frenesí. Se trazó una nueva rutina: emprender una carrera que lo llevara hasta su lugar de trabajo en el otro extremo de la ciudad y regresar a casa, corriendo. Cuando le preguntaban si trotaba, se ofendía y contestaba con orgullosa aspereza: ¡Yo no troto, yo corro! Un día lo invitaron a correr en el Estadio Olímpico y se maravilló ante las posibilidades y perspectivas que le ofrecía aquel espacio. Se le podía ver entonces mañana y tarde correr por la pista sintiéndose un velocista de marca: Emil Zatopek, la locomotora checa, o Abebe Bikila, el etíope que en Roma corrió descalzo el maratón y lo ganó. JM se hizo adicto a las tiendas deportivas. Revisaba con exasperante atención camisetas, zapatos y accesorios diversos; compraba cronómetros, y terminó subiendo y bajando durante horas, como un loco, las gradas del estadio.

¡Alguien podría decir que estoy en contra del deporte! Lo estoy cuando se convierte en una máquina que tiende a triturar a quien lo practica con el propósito de hacer suya la falacia latina que insiste en que sólo en una mente sana puede encontrar cabida un cuerpo sano. Sabemos que es todo lo contrario: sometido a una disciplina tan exigente y aniquiladora JM terminó con la mente desalojada por el músculo porque ni siquiera la lectura tuvo tiempo o lugar para activarse.

Escribí una vez que la perfección, en estos casos, transita por caminos exclusivamente musculares que no conducen a las praderas de la mente donde se cultiva y se ensancha la sensibilidad y se abren espacios para el ejercicio de la imaginación. Una de mis mayores frustraciones es la de no haber dispuesto nunca de una columna periodística para hablar mal del deporte. Sobre todo, cuando es utilizado políticamente, porque sospecho que hay un trasfondo fascista, declarado o no, que se mueve detrás de la exaltación deportiva cuando se transforma en histérica bandera patriótica o en interesada acción de gobierno.

La última vez que vi a JM ya no era el mismo. Estoy seguro de que encontró la eutonía que buscaba; pero estaba hecho una lástima: descuidó su apariencia, había perdido pelo, peso y amigos; también el gusto por la conversación y los libros. Se volvió aburrido y monotemático; desertó de la vida social y fueron tan constantes sus ausencias del lecho conyugal en las mañanas o en las noches, agotado por el furor deportivo, que terminó ¡perdiendo a la mujer!

 

 

 

Rodolfo Izaguirre
Escritor y Crítico de Cine
izaguirreblanco@gmail.com 

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