Su miedo y el nuestro

1 de marzo de 2020

Siria guerra y muerte



Ninguno de los actores en la terrible guerra que desangra Siria es inocente. No lo es Turquía, que busca eliminar el peligro kurdo; no lo es Rusia, que pugna por un lugar entre las grandes potencias; no lo son las crueles guerrillas yihadistas, ni el régimen de Assad, cuya violencia está bien documentada; y por desgracia no lo es tampoco Occidente, siempre ambiguo y equivocado en la zona. Los únicos inocentes son los millones de hombres, mujeres y niños, apresados entre el yunque y el martillo, con sus pobres pertenencias a la espalda, siempre en fuga de un horror que nadie consigue parar.

Turquía ataca a Siria
El epicentro de la guerra se ha desplazado a la provincia de Idlib, fronteriza con Turquía, donde 
las fuerzas de Assad, con apoyo ruso, tratan de arrebatar el control a las guerrillas convenientemente sostenidas por el gigante turco. Se habla de 900.000 desplazados que huyen de estos combates, y que no son ni calderilla para los planes de unos y otros. En un gesto típico, Erdogan ha amenazado con abrir la espita y dejar salir (digamos más bien empujar) a los refugiados sirios que mantiene en su territorio, rumbo a suelo europeo. Un juego repugnante el de este aspirante a nuevo sultán, pero tampoco le van a la zaga las reacciones de los gobiernos griego y búlgaro, a los que nada importa la tragedia de miles de familias, de las que se llega a sugerir que habría que frenarlas por ser potenciales portadores del coronavirus. Todo vale en este tiovivo amargo.

Europa debería existir para detener la arbitrariedad, para socorrer al inocente, para imponer corazón y cordura, que es lo más realista del mundo. Ya sé que es pedir demasiado, y lejos de mí pensar que la culpa es de griegos y búlgaros. Con nuestros gobiernos asustados por los populismos, con el latigazo del Brexit y el pánico ante un virus que nunca en la historia hemos tenido tantas posibilidades de dominar, ¿cómo esperar que alguien se preocupe de una larga fila de gentes que lo han perdido todo? Al menos comparemos nuestro miedo, bastante ridículo, y el suyo, asfaltado por años de terror.

Autor: José Luis Restán


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